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Argumentación: Teoría y práctica

Un manual de teoría de la argumentación

Manual con los elementos básicos de las teorías de la argumentación de Ch. Perelman, S. E. Toulmin y J. Habermas. Con ejercicios de aplicación.


ARGUMENTACIÓN: TEORÍA Y PRÁCTICA

 

(Una Introducción la Teoría de la Argumentación)

 

ÍNDICE

 

Prefacio

Capítulo I: De la Retórica a la Teoría de la Argumentación

Capítulo II: El esquema básico de la argumentación, según S. E. Toulmin.

Ejercicios

Capítulo III: Nociones preliminares de la Nueva Retórica

Ejercicios

Capítulo IV: Las premisas de la argumentación.

1.      Premisas relativas a lo real

2.      Premisas relativas a lo preferible.

Ejercicios

Capítulo V: Nexos argumentativos I: Los argumentos cuasilógicos.

1.      Argumentos cuasilógicos relacionados con la contradicción.

2.      Argumentos cuasilógicos relacionados con el principio de identidad.

3.      Argumentos cuasilógicos vinculados con la regla de justicia y el principio de simetría.

4.      Argumentos cuasilógicos basados en la transitividad, en la inclusión de la parte en el todo y en la división del todo en partes complementarias.

5.      Argumentos cuasilógicos relacionados con pesas, medidas y probabilidades.

Ejercicios

Capítulo VI: Nexos argumentativos II: Los argumentos basados en la estructura de lo real.

1.      Los nexos de sucesión.

2.      Los nexos de coexistencia.

Ejercicios

Capítulo VII: Nexos argumentativos III: Los argumentos que fundan la estructura de lo real.

A.        A partir del caso particular.

B.        Mediante los argumentos por analogía, y las metáforas.

Ejercicios

Capítulo VIII: Las disociaciones de nociones.

Ejercicios.

Capítulo IX: La fuerza de los argumentos.

Capítulo X: Lógica, Dialéctica y Retórica: La propuesta de J. Habermas para una teoría general del discurso argumentativo.

Anexo: Soluciones propuestas a los ejercicios.

Bibliografía.

 


PREFACIO

 

Este texto es un intento de presentar de manera sencilla y aplicada las bases teóricas y las técnicas argumentativas desarrolladas por la Teoría de la Argumentación de Chaïm Perelman[1] y Lucie Olbrechts-Tyteca, también conocida como la Nueva Retórica (capítulos III al VIII). Complementamos la teoría de Perelman-Olbrechts, con la presentación del esquema básico de la argumentación propuesto por Stephen E. Toulmin (capítulo II) y con la tipología de los discursos argumentativos desarrollada por Jürgen Habermas que presenta un panorama abierto en la búsqueda de una teoría general del discurso argumentativo (capitulo XII). El capítulo (X) presenta las nociones básicas de la teoría Pragma-dialéctica (o Nueva Dialéctica) de Eemeren y Grootendorst. El capítulo XI presenta algunas teorías sobre los argumentos fallidos, conocidos como sofismas o falacias.

Los capítulos que desarrollan las nociones básicas de la Nueva Retórica,  van acompañados de ejercicios de aplicación. Al final se agregan las soluciones sugeridas.

Esperamos que este texto se constituya en una herramienta útil para todas aquellas personas que buscan mejorar su competencia para argumentar de forma convincente, persuasiva y eficaz, bajo el entendimiento de que el lenguaje, el discurso y el diálogo son los instrumentos para la búsqueda del acuerdo entre las personas, y de que el ejercicio libre, democrático y responsable de la palabra es un derecho y un deber del ciudadano actual.

Agradezco especialmente a mis compañeros del grupo de investigación Argunautas, pues nuestros debates han permitido alimentar y pulir éste texto.

Pedro Posada Gómez, profesor asociado, Universidad del Valle

Febrero de 2006.

 

Capítulo I:

De la Retórica a la Teoría de la Argumentación

El siglo XX asistió a dos fenómenos paralelos: de un lado, la crisis del ideal racionalista de encontrar un lenguaje lógico y exacto en el cual pudieran resolverse todas las disputas humanas (formulado por Leibniz); y al nacimiento de las ciencias del lenguaje (El Curso de lingüística general de Ferdinand de Saussure se publica el 1916; por la misma época Charles Sanders Peirce publica A System of Logic, Considered as Semiotic). Las disciplinas del canon aristotélico: Lógica, Dialéctica y Retórica fueron de nuevo motivo de reflexión y revisión por parte de los filósofos del lenguaje, a la luz de los desarrollos de las ciencias del lenguaje.

Desde un punto de vista histórico, y en términos muy generales, es posible reconocer, retrospectivamente, que se presentaron tres grandes periodos en las concepciones de las tres disciplinas mencionadas:

  1. La lógica griega (o clásica) tenía principalmente un carácter ontológico[2], dispuesta para resolver problemas sobre el ser y el no-ser; la lógica de los filósofos modernos fue concebida como arte del correcto pensar y tiene un enfoque psicológico; la lógica contemporánea (después de Frege, Whitehead y Russell) está ligada a la noción de cálculo axiomático y es presentada como un lenguaje formalizado con fines calculísticos, que ha ganado el estatuto de ciencia independiente.
  2. Por el lado de la dialéctica, se pasó de la concepción antigua de dialéctica como diálogo filosófico, como arte de preguntar y responder, a la dialéctica ontologizada de Hegel, y de alguna versión del materialismo dialéctico, pasando por la identificación de la dialéctica con la lógica, hasta el siglo XX, cuando asistimos al renacimiento de nociones como dialogicidad, diálogo y conversación, etc. (Bajtin, Habermas, Grice);
  3. Finalmente, en el caso de la retórica se puede hablar[3], en un  primer momento, de una retórica antigua (Aristóteles, Cicerón, Quintiliano) preocupada a la vez por persuadir y convencer, pero limitada al discurso verbal de un orador frente a un público relativamente pasivo; esta concepción de la retórica será abandonada oficialmente cuando Petrus Ramus (o Pierre de la Ramée,1515-1572) logra imponer una concepción de la retórica como arte del buen decir, limitada al estudio sistemático de las figuras de estilo que deben adornar al discurso, y desligada radicalmente de la lógica y la dialéctica. Según nos informa el profesor  Adolfo León Gómez:el lógico Petrus Ramus trasladó a la dialéctica (en el llamado Trivium[4]) los aspectos lógicos que tenía la retórica y los aspectos poéticos, los trasladó a la gramática y a la poética. Ramus fragmentó la retórica antigua en partes, y la que nos quedó fue la parte más mala, porque redujo la retórica a mero adorno”[5]; concepción esta de la retórica moderna (llamada por Perelman ‘retórica clásica’) que predominó hasta mediados del siglo XX. A fines de los años cincuenta del siglo XX se produce el renacimiento de la retórica, con los trabajos de la Nueva Retórica de Chaïm Perelman y Lucie Olbrechts- Tyteca (en la cultura de lengua francesa) y con los escritos de S. E. Toulmin (en la cultura anglosajona).

Independientemente de la pertinencia de los periodos históricos, tan esquemáticamente presentados, lo que resulta innegable es el renovado interés por las ciencias y artes del discurso, en un mundo humano que ha pasado por dos guerras mundiales, que ha padecido la mano férrea de los totalitarismos, y que ha visto tambalearse y caer las ideologías dogmáticas y absolutistas ligadas a la religión, a la política, a la ciencia y al mismo racionalismo moderno.

Desde la óptica filosófica, el renacimiento de las artes del discurso está ligado también a una reivindicación de la llamada razón práctica; es decir, el ejercicio de la razón enfocado a garantizar las pautas de la convivencia en sociedad[6]. No es casual que dos de los principales teóricos de las nuevas teorías sobre la argumentación (Perelman y Toulmin) reconozcan en el discurso jurídico (que evalúa hechos y circunstancias para tomar decisiones razonables y justas  sobre la conducta humana) un modelo de racionalidad práctica, que inspira las nuevas teorías que aspiran a constituirse en un “organon” de dicha racionalidad.[7] En términos generales, tres de los autores que sirven de base teórica para este texto, Perelman, Toulmin y Habermas coincidan en dos aspectos fundamentales:

1). Coinciden, en primer lugar, en señalar las dificultades a que ha llevado el predominio, en el pensamiento moderno, del racionalismo de inspiración matemática, sobre todo al momento de querer resolver los asuntos de la racionalidad práctico – moral. Así, Perelman rechazará la condena al irracionalismo o al voluntarismo de las cuestiones sobre los valores a la que llegó en su momento la filosofía del positivismo lógico[8];  Toulmin señalará las limitaciones del enfoque lógico formal para enfrentar las argumentaciones prácticas, y ambos encontrarán en el razonamiento jurídico, un modelo para repensar la argumentación práctica en general[9]. La misma posición frente a la filosofía del análisis lógico la encontraremos en la discusión que Habermas desarrollará, más tarde, contra la llamada metaética y contra el intuicionismo en filosofía moral, en su ensayo para fundamentar la ética discursiva.[10]

2). En segundo lugar, los tres autores le conceden a la argumentación un lugar central, ya no sólo para el reino de la razón práctico – moral, sino para la construcción completa de todo el campo del conocimiento y la indagación racional. En el capítulo final del Imperio retórico, Perelman afirma que si entendemos la retórica como una “teoría general del discurso persuasivo”, que busca la adhesión “tanto racional como emotiva”, ella “cubre el campo inmenso del pensamiento no formalizado”.[11]  Habermas por su parte considera que el concepto de ‘racionalidad comunicativa’, que involucra una conexión sistemática de pretensiones de validez, “tiene que ser adecuadamente desarrollado por medio de una teoría de la argumentación”[12] Volveremos, en el capítulo X, sobre la propuesta de Habermas. En el caso de Toulmin encontramos una idea semejante en su concepción de las “empresas racionales” de la humanidad; es decir, las ciencias y disciplinas que deben desarrollar cada una su respectiva forma de argumentación: “Así como los argumentos jurídicos sólo resultan sólidos y aceptables en la medida en que sirven a los fines más amplios del procedimiento judicial, así también los argumentos científicos sólo resultan sólidos en la medida en que pueden servir al fin más amplio de mejorar nuestra comprensión científica. Y lo mismo vale para otros campos. Sólo entendemos la fuerza básica de los argumentos médicos en la medida en que entendemos la empresa que es la medicina misma. Y lo mismo cabe decir de los negocios, de la política y de cualquier otro campo. En todos estos campos de la actividad humana, el razonamiento y la argumentación tienen su lugar como elementos centrales dentro de una empresa humana más amplia. Y para subrayar este rasgo – el hecho de que todas estas actividades pongan su confianza en la alegación y evaluación crítica de razones y argumentos -, nos referiremos a todas ellas como empresas racionales”[13]

 

No es fortuito, por tanto, que los filósofos de la retórica y la argumentación que sirven de base a este texto, sean reconocidos defensores del espíritu democrático y pluralista, que es el mejor legado de la cultura occidental para el resto del mundo. El renacimiento de las artes y ciencias del lenguaje es una manifestación del espíritu prudente con el que la humanidad, o una parte de ella, intenta domesticar las pulsiones violentas que a veces dominan al ser humano.

La reivindicación de la racionalidad práctica compensa el predominio en la sociedad moderna de una racionalidad meramente instrumental, utilitarista y estratégica. Es cierto que las palabras y el discurso también sirven para engañar, manipular y dominar; pero en la misma palabra reside la esperanza de humanizar a la humanidad y superar su prehistoria.


 

Capítulo II:

El Esquema Básico de la Argumentación, según S. E. Toulmin.

Stephen Edelston Toulmin (Londres, 1922) es uno de los más prestigiosos y polifacéticos filósofos desde mediados del siglo XX. En su extensa obra se ha ocupado de la ética (El lugar de la razón en la ética, 1950), de la filosofía del lenguaje ( La Viena de Wittgenstein, 1973), de la filosofía de la ciencia (La comprensión humana, 1972), de la teoría de la argumentación (The uses of argument, 1958, y An introduction to reasoning, 1979), y en general, de los destinos del pensamiento moderno (Cosmópolis, 1990).

 

En este capítulo presentaremos el esquema básico de la argumentación propuesto por Toulmin, con sus seis componentes básicos. Pero, antes, algunas definiciones ofrecidas por el autor[14]:

“El término argumentación será usado para referirnos a la actividad completa de hacer aseveraciones (claims), cuestionarlas, respaldarlas con razones, criticar esas razones, refutar las críticas, etc.

“El término razonamiento[15] será usado, más estrictamente, para la actividad central de presentar razones para sustentar una aseveración (claim), así como para mostrar en qué medida las razones verdaderamente fortalecen la aseveración.

“Un argumento, en el sentido de una cadena de razonamientos[16], es la secuencia de aseveraciones y razones entrelazadas que, entre sí, establecen el contenido y la fuerza de la posición desde la cual argumenta un hablante en particular”.

Así, para Toulmin, un argumento es ya un acto complejo, que involucra varios juicios ligados entre sí; y una argumentación es una actividad aún más compleja que supone defender los argumentos ante un interlocutor; es decir, que supone la actitud dialéctica.

El autor ha presentado dos versiones, casi idénticas, del esquema básico de un argumento (o de una argumentación simple) Veamos, primero de modo esquemático, las dos versiones:

En su texto de 1959, el autor parte del modelo básico: apoyándonos en datos, que consideramos evidentes o establecidos ‘extraemos’, inferimos, determinada conclusión (en la forma “Si D entonces C”). A continuación, Toulmin explicita este esquema elemental con expresiones como “Datos como D lo autorizan a uno a sacar conclusiones o a hacer aseveraciones como C”, o, alternativamente: “Dados los datos D, uno puede afirmar que C”.

Un análisis más detenido muestra otros cuatro elementos en la estructura de un argumento completo: Los datos (D) apoyan la conclusión (C) con una determinada fuerza o intensidad; ésta queda demarcada por el uso de expresiones  como “Si D, posiblemente C – seguramente que C, con absoluta certeza C, tal vez C, etc. -”. Toulmin la llama a esta nociones que indican la fuerza: “calificadores modales” o ‘modalizadores’ (modal qualifications). Estos señalan el grado de adhesión que el orador le concede al nexo entre sus premisas y su conclusión (o el grado de adhesión que solicita para ellas a su auditorio).

Pero los datos y hechos que consideramos en cada caso como premisas, hacen parte de otros tipos de datos y hechos que conocemos previamente (clasificamos cada dato nuevo como un caso semejante a otros anteriores). Ese grupo de hechos, datos, experiencias, recuerdos, etc, “acompañan, apoyan, refuerzan o respaldan nuestra comprensión del dato (o datos) que apoya nuestra aseveración final o conclusión”. A este grupo de datos previos (presupuestos como válidos o verdaderos o verídicos) los llama Toulmin “Respaldos” (Backing). A su vez, los hechos que respaldan nuestros datos han sido previamente clasificados, originando reglas, ‘leyes’, reglamentos, códigos, sistemas de pensamiento, que explican ese cúmulo de hechos, etc. Toulmin llama  “Garantías” (Warrants[17]) a este grupo de tesis, leyes, normas, etc. Por otro lado, el hecho de que concedamos una relativa fuerza a nuestras aseveraciones es el reconocimiento implícito de que reconocemos sus posibles debilidades, que podemos concebir la posibilidad de que fueran falsos si otros hechos o datos fueran verdaderos. Estos últimos refutarían, objetarían, debilitarían, invalidarían, nuestra pretensión de verdad, nuestra conclusión. Toulmin llamó a estos posibles hechos “Refutaciones u objeciones” (O) (Rebuttal).

Agregándole los otros cuatro elementos a la forma básica, el “esquema de los argumentos”[18] tendrá esta forma:


Los datos (D) conducen a la conclusión o aseveración (C), en la modalidad (M); dados las garantías (G) y los respaldos (R) a menos que sean válidas las refutaciones u objeciones (O).




En la versión que se dará en 1979[19], será reemplazada la expresión Data (datos, hechos o información de partida) por la expresión Grounds, que puede ser traducida como razones, justificaciones, motivos, fundamentos, etc. Así, el nuevo esquema o “diagrama analítico básico” de la argumentación será:

 



 


Que puede ser leído como: Los fundamentos (F), soportan, de modo cualificado (M) la aseveración (C), dados los respaldos (R) y las garantías (G), a menos que tengan lugar las objeciones (O).

 

 Pero ahora debemos ver una caracterización más precisa de los seis elementos que conforman este esquema. Para ello seguiremos el texto de Toulmin, Riecke y Janik:

“1. Aseveraciones. (Claims)[20] Cuando nos piden que nos ‘embarquemos’ en un argumento, hay siempre algún "destino", estamos invitados a llegar a él, y el primer paso en el análisis y crítica del argumento es asegurarse del carácter preciso de ese destino. Así, el primer conjunto de preguntas es:

¿Qué es exactamente lo que está usted afirmando? ¿Dónde está usted parado precisamente en este problema? ¿Y con qué posición está usted pidiéndonos que estemos de acuerdo como resultado de su argumento?

2. Fundamentos (Grounds) Habiendo clarificado la demanda, debemos considerar qué tipo de fundamento subyacente se requiere si una demanda de este tipo particular ha de ser aceptada como sólida y fiable. El próximo grupo de preguntas tendrá que ver por tanto con estos fundamentos:

¿Qué información está siguiendo usted? ¿En qué fundamentos está basada su demanda? ¿Dónde debemos nosotros empezar si queremos ver qué tanto podemos dar el paso que usted propone y así acabar aceptando su demanda?

Dependiendo del tipo de demanda que está en discusión, estos fundamentos pueden comprender observaciones experimentales, materias de conocimiento común, datos estadísticos, testimonios personales, aseveraciones previamente establecidas, u otros "datos factuales" comparables. Pero en todo caso, la demanda en discusión puede ser, o no, más fuerte que los fundamentos que proporciona para su fundamentación.[21]

3. Garantías. (Warrants) Saber en qué está fundada una demanda es, sin embargo, sólo el primer paso hacia la aclaración de su solidez y fiabilidad. Luego, debemos verificar qué tanto esos fundamentos realmente proveen un apoyo genuino para esta demanda en particular y no son sólo un montón de información irrelevante que no tiene nada que ver con la demanda en cuestión - diseñada para “tirar lana encima de nuestros ojos," por ejemplo. Así, el próximo grupo de preguntas es:

¿Dado ese punto de arranque, cómo justifica usted el paso de estos fundamentos a esa demanda? ¿Qué camino toma usted para ir de este punto de arranque a ese destino?

Una vez más, el tipo de respuestas que podemos esperar a este otro juego de preguntas dependerá de qué tipo de demanda está en discusión. Los pasos de los fundamentos a las aseveraciones están "garantizados" de maneras diferentes en las leyes, en la ciencia, en la política, y así en cada ámbito. Las garantías (warrants) resultantes toman la forma de leyes de naturaleza, principios y estatutos legales, de reglas de cortesía, fórmulas de procedimiento, y así sucesivamente. Pero en cualquier caso práctico, alguna garantía apropiada se necesitará si el paso de los fundamentos a las aseveraciones ha de ser fidedigno.

4. Respaldos (backing). Las garantías por sí mismas no pueden ser tomadas totalmente como confiables. Una vez que sabemos qué regla o ley, fórmula o principio, está presupuesta bajo determinado argumento, puede levantarse el próximo grupo de preguntas:

¿Es éste realmente un paso seguro para dar? ¿Nos lleva esta ruta firmemente y fiablemente al destino requerido? ¿Y qué otra información general tiene usted para apoyar su confianza en esta garantía en particular?

Las garantías relevantes para autorizar argumentos en campos diferentes de razonamiento requieren tipos diferentes de apoyo (backing): se debe haber legislado los estatutos legales válidamente; las leyes científicas se deben haber comprobado completamente; y así sucesivamente. Aparte de los hechos particulares que sirven como fundamentos (grounds) en cualquier argumento dado, necesitamos averiguar enseguida el cuerpo general de información, o respaldo (backing), eso está presupuesto por la garantía (warrant) apelada en la argumentación.

5. Calificadores modales (modal qualifications) No todos los argumentos apoyan sus aseveraciones o conclusiones con el mismo grado de certeza. Algunas garantías invariablemente nos llevan a la conclusión requerida; otras lo hacen frecuentemente, pero no con 100% de fiabilidad; otras tan sólo lo hacen condicionalmente, o con calificaciones (matizaciones, modalizaciones) significativas - "normalmente", "posiblemente", "excepto los accidentes", y así sucesivamente. De allí que a continuación debemos preguntar:

¿Qué tan fiablemente presta esta garantía el peso exigido para el paso dado de los fundamentos a la demanda? ¿Garantiza absolutamente este paso? ¿Lo apoya con modalizaciones? ¿O nos da, a lo sumo, la base para una apuesta más o menos arriesgada?

Una vez más, los grados y tipos de fuerza con los que las garantías nos autorizan para argumentar varían grandemente de un tipo de caso a otro. Algunos llevan a conclusiones "probables"; otros establecen “presuntamente” las conclusiones; y así sucesivamente. El razonamiento más práctico está de hecho relacionado que con lo que es "probable", "presunta" o "posiblemente" el caso, mas bien que con sólo "certezas". Así, necesitaremos mirar cuidadosamente los tipos diferentes de frases calificativas (modals) características de los diferentes tipos de argumentos prácticos.

6. Posibles refutaciones. (possible rebuttals) A menos que estemos enfrentados con uno de esos argumentos raros, en los que el paso central de los fundamentos a las aseveraciones se presenta como “cierto" o "necesario", necesitaremos también conocer –finalmente - bajo qué circunstancias el argumento presentado podría decepcionarnos. De allí nuestro juego final de preguntas:

¿Qué tipos de factores o condiciones podrían tirarnos fuera del camino? ¿Qué posibilidades podrían perturbar este argumento? ¿Y en qué presunciones estamos confiando implícitamente en semejante paso?

Cualquier excepción a un argumento cierto o necesario está abierta a la refutación. Tales refutaciones pueden ser, en algunos casos, muy improbables y difíciles de prever, pero sólo podemos entender totalmente los méritos racionales de los argumentos en cuestión si  reconocemos bajo qué circunstancias (raras pero posibles) ellos podrían demostrar inestabilidad. Después de todo, sólo si hemos enfrentado estas posibilidades improbables por las que ellos pueden fallar, estaremos seguros de que en la práctica real podremos ignorarlas.

Las aseveraciones involucradas en los argumentos de la vida real son, por consiguiente, bien fundadas, sólo si pueden ofrecerse en su apoyo fundamentos suficientes, de un tipo apropiado y pertinente. Estos fundamentos deben conectarse a las conclusiones mediante garantías fiables, aplicables, que son a su vez susceptibles de ser justificadas apelando al apoyo suficiente del tipo pertinente. Y la estructura entera del argumento que reúne estos elementos, debe poder ser reconocida como teniendo este o aquel tipo y grado de certeza o probabilidad y como siendo dependiente, para su fiabilidad, de la ausencia de ciertas circunstancias particulares extraordinarias, excepcionales, que de no ser así lo refutarían.”[22]

El esquema de Toulmin puede presentar dificultades para el que trata de aplicarlo en el análisis por primera vez. Tal vez la principal tiene que ver con la distinción entre ‘fundamentos’, ‘respaldos’ y ‘garantías’, pues todos ellos tienen que ver con las premisas o puntos de partida de la argumentación; es decir, con el conjunto de datos, verdades, valores, conocidos y compartidos por los que argumentan y sus auditorios. Propongo considerar los fundamentos[23] como hechos o verdades aceptados o conocidos actualmente por el orador y su auditorio; los respaldos como el conjunto de hechos y verdades semejantes a los actuales y que se tienen por válidos o verdaderos con anterioridad; y las garantías como el conjunto de reglas, leyes, principios o regularidades que, se supone, rigen para esos conjuntos de hechos y verdades, y que se aplican a la aseveración que se quiere defender. En este sentido, la fundamentación de un argumento, comprende un proceso semejante a la abducción de Peirce: es la búsqueda de las reglas y casos que permiten subsumir o interpretar un hecho aparentemente anómalo (representado por la aseveración que se está examinando).

Me parece importante resaltar los pasos generales que implica la argumentación en el esquema planteado: Basados o fundados en nuestro conocimiento de la realidad, presentamos aseveraciones que consideramos válidas o verdaderas[24]. Urgidos por nosotros mismos o por los otros, intentamos justificar (con respaldos y garantías) dichas aseveraciones; modalizamos o ‘medimos’ el alcance de nuestra conclusión según la fortaleza que concedemos a nuestros fundamentos y justificaciones adicionales; y, de ser posible, tenemos en cuenta las posibles objeciones y refutaciones de nuestro argumento. Este último rasgo señala el cariz racionalista de la concepción de Toulmin (que fue discípulo del Popper, padre del ‘racionalismo crítico’, que nos pide poner el énfasis en la crítica y la falsación de hipótesis, más que en su verificación). Este carácter racionalista se muestra en la siguiente cita, que continúa las definiciones antes anotadas, y se refiere precisamente a la noción de “racionalidad”: “Cualquiera que participe en una argumentación demuestra su racionalidad o su falta de ella por la forma en que actúa y responde a las razones que se le ofrecen en pro o en contra de lo que está en litigio. Si se muestra abierto a los argumentos, o bien reconocerá la fuerza de esas razones, o tratará de replicarlas, y en ambos casos se está enfrentando a ellas de modo racional. Pero si se muestra sordo a los argumentos, o ignorará las razones en contra, o las replicará con aserciones dogmáticas. Y ni en uno ni en otro caso estará enfrentándose racionalmente a las cuestiones”[25] Argumentar conlleva exponerse a la crítica y estar en la disposición de aceptar errores y corregirlos. De allí que se haya resaltado el papel de la argumentación en los procesos de aprendizaje.

Terminaremos este capítulo con algunas ilustraciones del tipo de análisis que permite el diagrama de la 


Que viene a decir: “Harry nació en Bermudas (D), por tanto, presumiblemente (Q), Harry es un súbdito británico (C), puesto que un hombre nacido en Bermudas será generalmente un súbdito británico, teniendo en cuenta los correspondientes estatutos y disposiciones legales (W), a menos que sus dos padres fueran extranjeros o él se hubiese nacionalizado como norteamericanos (R)”[26]

 

Otra ilustración tomada de la página web: The Toulmin Model of Argumentation:

 

                                therefore
Data                            (Qualifier)           Claim
Russia has                      Probably            Russia would
violated 50                                         violate the
of 52 intl.                                         proposed ban
agreements                                          on nuclear
                                                     weapons
             since                 unless           testing.
             (Warrant)             (Rebuttal)
             Past violations       The ban on nuclear
             are symptomatic       weapons testing is
             of probable future    significantly different
             violations            from the violated
                                   agreements
             because
             (Backing)
             Other nations that had such
             a record of violations continued such
             action; Expert X states that nations that
             have been chronic violators nearly always
             continue such acts; etc.

 

Es decir: “Rusia ha violado 50 de 52 tratados internacionales (Dato, hecho) por lo tanto, probablemente (Modalizador o calificador), Rusia podría violar la propuesta de prohibición de pruebas con misiles nucleares (Aseveración, conclusión); puesto que las violaciones pasadas son sintomáticas de probables violaciones futuras (garantía);  dado que otras naciones que han tenido tal record de violaciones continúan haciéndolo; que el experto X dice que las naciones que han sido violadoras crónicas posiblemente siempre continúen actuando así, etc. (Respaldos); a menos que el acuerdo sobre pruebas nucleares sea significativamente distinto de los acuerdos violados (Objeción o refutación posible)”

 


EJERCICIOS

 

El estudiante o aprendiz podrá ejercitarse en el manejo del esquema de Toulmin en dos formas:

  1. Usándolo como herramienta de análisis.
  2. Usándolo como modelo para construir sus propios argumentos.

a. En el primer caso se podrá iniciar con el análisis de artículos cortos de prensa o de revistas que posean un carácter argumentativo, es decir, que pretendan justificar una tesis o aseveración. El estudiante deberá identificar primero la tesis en cuestión y luego los demás elementos usados por el autor. Obviamente, en muchos textos podrán faltar uno o más elementos, aunque algunos podrán estar implícitos y deberán ser inferidos por el contexto.

b. En la aplicación constructiva, el estudiante deberá asegurarse de construir sus argumentos con todos los elementos del esquema.

En ambos tipos de ejercicio, se deben discutir y corregir colectivamente los resultados.

Como ejercicio de análisis proponemos aplicar el esquema de Toulmin al siguiente texto:

 

Steiner

Entre las muchas cosas que ha dicho Steiner en Oviedo, al recibir el premio Príncipe de Asturias, todas referidas al lenguaje, nos interesa especialmente en esta hora lo referido al habla como arma de guerra, a la militarización de las lenguas y los dialectos, que es en lo que estamos parando con los nacionalismos rampantes que han llegado a su éxtasis con las Torres de Manhattan y los bombardeos de Afganistán.

Hasta hace poco sabíamos que había 20.000 idiomas en el mundo. Hoy sólo quedan 5.000. Nosotros daríamos cualquier cosa por salvar el euskera, el catalán o el ladino. Otros, en cambio, quieren desmontar el español, abolir el castellano, bombardear nuestra lengua común porque la consideran herramienta de dominio y vasallaje, cuando la realidad es al contrario en todos los procesos lingüísticos estudiados. Una lengua puede ser el origen de una nación, de una colectividad, de una comunidad, el primer entramado del que se van colgando las cosas y su significado, los sentimientos del hombre, los frutos de la otoñada y la memoria unánime, pacientemente escrita, domésticamente escrita. Creemos en la lengua como origen y nunca como apero posterior de la guerra, el dominio o la venganza. La gran perversión del tercer milenio es entender la lengua del enemigo y la propia como armas prefabricadas para cortar el paso al vecino, al enemigo, al hermano.

Los nacionalismos hoy en juego, los racismos beligerantes, los integrismos rampantes están militarizando, sí, la lengua materna de cada pueblo grande o pequeño. En Cataluña se impone el catalán y se rechaza el español. En el País Vasco ya la mera escritura se ha convertido en un arma que dispara, más temible que el contenido del mensaje.

He conocido en estos días a una joven editora bielorrusa que habla el español y además comercia saludablemente con él como empresaria de una pequeña editorial en castellano. Le he preguntado por el pujante nacionalismo bielorruso y se ha limitado a sonreír con enigma asiático. Las pequeñas lenguas, que fueron lengua de fuego y permuta entre los pueblos, son hoy la causa misma de la querella, cuando lo hermoso era tener 20.000 dialectos o 200.000. Ben Laden ha utilizado siempre el inglés para hacer sus grandes negocios en el mundo y para quedar galante en las fiestas de Marbella, pero ahora desafía en árabe a un mundo que no le entiende o se hace traducir, sin que hayamos conseguido saber, hasta hoy, qué es lo que se propone, adónde piensa llegar, quién es su enemigo concreto además de la Humanidad en general.

Lo que caracteriza a los grandes dictadores es que no persiguen una causa racional, justa o injusta, sino que se dejan llevar por el impulso de muerte que les acompaña por dentro y son sus actos y sus crímenes lo que nos va dando el perfil histórico de tales personajes. Hitler no perfila Dachau sino que Dachau perfila a Hitler. Ben Laden será siempre el hombre que derribó las Torres de Manhattan, pero su mensaje queda tan confuso como antes. Las multitudes del Oriente Medio han militarizado absolutamente unos idiomas creados para la oración, jamás para el diálogo. Ben Laden hace la guerra en varias lenguas y su pueblo no sabe adónde les lleva. Lo más dramático y amenazante es que él también lo está olvidando.

(Francisco Umbral, en su columna: Los placeres y los días, para el periódico, El Mundo de España, 29-10-2001)

 

Capítulo III:

Nociones preliminares de la Nueva Retórica.

La Teoría de la Argumentación de Chaïm Perelman y Lucie Olbrechts-Tyteca, también conocida como la Nueva Retórica, ocupa un lugar central entre las teorías recientes sobre la argumentación, la retórica y la llamada lógica informal o lógica del lenguaje cotidiano.

La Teoría surgió del descontento con el enfoque formalista en el estudio del lenguaje y del razonamiento que, a principios del siglo XX, continuaba el programa del racionalismo moderno de inspiración cartesiana. Programa que se refleja en el ideal del gran filósofo Leibniz  de encontrar un lenguaje perfecto, con estructura de cálculo, que permitiera dirimir todas las disputas filosóficas con un simple proceso de cálculo.

Aplicado a los razonamientos y juicios valorativos el enfoque formalista se mostraba insuficiente y errado. El principio positivista: “sólo tienen valor cognitivo los enunciados obtenidos empíricamente o los deducidos por procedimientos de la lógica formal”, por no ser él mismo de origen empírico ni deducido por la mera lógica, carecería de valor cognitivo. Al negarle el valor cognitivo a los juicios valorativos, el enfoque positivista y formalista les estaba negando racionalidad. Pues sólo serían racionales los juicios basados en verdades y evidencias empíricas y lógicas. Con ello perdían también su estatus de disciplinas serias, no sólo la metafísica y la teología, sino también la ética, la moral, la política y la jurisprudencia. Tal situación resultaba insostenible para cualquiera que se preocupara por los fundamentos de tales áreas y disciplinas, como era el caso de Perelman, filósofo del derecho y teórico de la lógica que construiría una nueva retórica.

Nos cuenta en las primeras páginas de El Imperio Retórico que, hallándose en la búsqueda de una ‘lógica de los juicios de valor’ (que permitiera analizar los razonamientos prácticos) encontró que la herramienta que buscaba ya había sido desarrollada por Aristóteles en algunos libros del Organon (Los Tópicos y Las refutaciones de los sofistas) y en la Retórica. De lo que se trataba entonces era de recuperar y actualizar el legado aristotélico.

Aristóteles había distinguido entre razonamientos ‘apodícticos’ (analíticos, de naturaleza meramente lógico-formal) y razonamientos dialécticos. Los primeros se desarrollan de forma deductiva, tomando verdades o axiomas como premisas y concluyendo verdades que se derivan lógicamente de ellas. Los segundos, los dialécticos, parten de premisas probables, verosímiles, hipotéticas, o razonables, y concluyen, también lógicamente, con proposiciones de la misma naturaleza. El estudio aristotélico de estos razonamientos dialécticos, y de las características de los procedimientos retóricos, en las obras mencionadas, sirvió de punto de partida para el trabajo de Perelman y Olbrechts-Tyteca (P-O)[27].

Perelman entiende la Teoría de la argumentación (o Nueva retórica) como aquella disciplina que tiene como objeto de estudio “las técnicas discursivas que permiten provocar o acrecentar la adhesión de las personas a las tesis presentadas para su asentimiento”; es decir, es el estudio de las técnicas que usan los oradores para  persuadir o convencer a un auditorio de unas determinadas tesis o conclusiones. Esta definición requiere algunas aclaraciones, que a la vez nos permiten ver algunas diferencias entre la Nueva Retórica y las retóricas Antigua y Clásica:

Al igual que la retórica antigua, la nueva retórica se enfoca a la doble tarea de persuadir y convencer (más adelante volveremos sobre este par de conceptos, tradicionalmente relacionados con lo emotivo, el primero, y con lo racional, el segundo). Mientras que la retórica Clásica de la época moderna, se limitó a la tarea de persuadir mediante los trucos y adornos del discurso (los llamados tropos, o figuras de estilo). La nueva retórica estudia técnicas argumentativas y no simples figuras de estilo.

La retórica Antigua estaba enfocada al discurso oral frente a un auditorio de grandes grupos. (En un momento dado se la consideraba un arte de espectáculo competitivo). La Nueva retórica se aplica a todo tipo de discurso lingüístico, oral o escrito; y su concepto de auditorio es más amplio y más técnico: auditorio es todo aquel (o aquellos) a quienes un orador pretende persuadir o convencer; ya sea una persona, una multitud o toda la humanidad; esté o no presente en el momento en que se enuncia el discurso. Dicho más técnicamente, el auditorio corresponde a la idea o imagen que el orador se hace de aquellos a quienes dirige su argumento. De la adecuación entre esa imagen que construye el orador y el auditorio realmente existente, dependerá en gran parte el éxito de la argumentación.

Una última diferencia tiene que ver con la postura de la Nueva retórica, frente a las Antigua y Clásica, respecto a su lugar en la tríada aristotélica: Lógica, Dialéctica y Retórica. No sabemos si Aristóteles habría dividido así sus investigaciones, sólo podemos constatar que algunos de los libros del Organon son eminentemente lógicos (los Primeros y Segundos Analíticos), que en otros analiza los razonamientos dialécticos (Las Refutaciones de los sofistas, los Tópicos y la Retórica), y que sólo uno se presenta explícitamente como Retórica.[28]

La retórica Clásica de Petrus Ramus, subsumió la Lógica en la Dialéctica (fiel a Platón, pero no a Aristóteles, consideró que ambas corresponden al establecimiento de la verdad), retiró los elementos lógicos de la Retórica, limitó ésta al estudio de las técnicas del “buen decir”, de los tropos o figuras de estilo. Perelman, por su parte, no considera necesario separar a la Retórica de la Dialéctica (la Teoría de la argumentación las abarca a ambas y bien podría denominarse Nueva Dialéctica, nos dice), pero sí separa tajantemente a éstas de la Lógica, entendida como lógica formal.

Para completar esta presentación de las nociones preliminares de la Nueva Retórica, hablaremos ahora de la clasificación general de los auditorios y, por estar ligada a ella, de la distinción entre ‘persuadir’ y ‘convencer’.

Perelman parte considerando  cuatro tipos de auditorios, pero enseguida muestra cómo los dos primeros pueden ser considerados como casos de los dos últimos. Según el oyente, real o virtual, al que se dirige el discurso, los auditorios pueden ser cuatro:

a.       El auditorio que es cada uno para sí mismo en la autorreflexión o debate íntimo.

b.      El interlocutor en el diálogo.

c.       Los auditorios particulares.

d.      El auditorio universal.

a.       La autorreflexión ha sido el modelo de auditorio y razonamiento privilegiado por una larga tradición filosófica que consideró que el ser humano podía  y debía hallar las verdades eternas en su interior, mediante la introspección y el auto análisis, y que cada uno de nosotros era el mejor situado para definir criterios de verdad, pues uno, normalmente, no se engaña a sí mismo. Esta concepción sufrió, en el siglo XX, los embates de la psicología de los procesos inconscientes, que mostró que uno sí puede auto engañarse; y de las nuevas corrientes filosóficas y lingüísticas que mostraron el papel fundamental del diálogo intersubjetivo en la conformación y corrección del lenguaje y el razonamiento. Desde esta nueva óptica, la deliberación íntima no es más que el desdoblamiento de uno mismo en dos sujetos hipotéticos que se preguntan y responden alternativamente, pero que sólo encuentran un criterio de validez más confiable cuando se exponen a la crítica y refutación de los otros sujetos reales. Así, resultó que la deliberación íntima sólo es un caso particular de diálogo, el “diálogo del alma consigo misma” como entendía Platón el razonamiento.

b.      La Dialéctica tomó su nombre de la situación de diálogo, en la que dos o más se alternan en los roles de orador y auditorio, para resolver en común las pretensiones de validez que se han vuelto dudosas o para decidir las mejores pautas de acción. Esta noción, cara a la antigüedad griega, y aún presente en la disputatio del método escolástico medieval, ha tenido un renacimiento en el pensamiento contemporáneo, después de que se han denunciado los errores de una racionalidad centrada en la conciencia subjetiva y en el monólogo interior.[29]

c.       Perelman considera que los auditorios particulares los conforman aquellos grupos de individuos que comparten unas tesis y premisas sobre los hechos y los valores, premisas que no aspiran a tener validez universal. Un orador se dirigirá a un auditorio particular cuando es consciente de que sus premisas y tesis no serán compartidas por todo oyente, sino sólo por algunos (o muchos, pero no todos).

d.      El concepto de auditorio universal es un concepto central y polémico de la Nueva retórica. Mientras que los anteriores tipos de auditorios corresponden a individuos concretos, son auditorios ‘de hecho’; el auditorio universal es una construcción ideal, es un auditorio ‘de derecho’. Un orador se dirige al auditorio universal cuando considera que sus premisas y conclusiones son válidas para (y  deben ser aceptadas por) todo ser humano racional, adulto y competente. De allí que se pueda decir que el auditorio universal está conformado por todos los adultos racionales y competentes de cualquier época y lugar.  Este tipo de auditorio resulta especialmente polémico para la mentalidad relativista y contextualista (muy difundida en el último siglo) que sólo considera reales a los auditorios concretos y que duda de la posibilidad de plantear tesis válidas para toda la humanidad racional, o al menos razonable.

Perelman, conocedor de la sociología y de las ciencias humanas, es consciente del carácter aparentemente paradójico del concepto de auditorio universal, pues reconoce que en cada época y en cada cultura se han entendido de distintos modos las características de racionalidad, madurez y competencia que facultan a un individuo para ser miembro de dicho auditorio. La paradoja se resuelve si se ve en esta noción de auditorio universal un concepto regulativo que señala un ideal (por demás racionalista) de ser humano y de humanidad, ideal que se reformula y rectifica al paso que progresa el conocimiento que la humanidad tiene de sí misma y de los ideales que se plantea.

Ahora podemos entender el sentido en el que los dos primeros tipos de auditorios se subsumen en los dos últimos. Uno puede deliberar consigo mismo considerándose como miembro del auditorio universal, en la medida en que trata de convencerse de algo que sería compartido por todo ser humano racional (por ejemplo, cuando queremos corregir un error de percepción o de apreciación, o cuando buscamos una norma de comportamiento que pudiera ser aceptable por todos nuestros congéneres razonables, como en el ‘imperativo categórico kantiano’[30]). Así mismo, uno se considera como parte de un auditorio particular cuando busca argumentos persuasivos que sólo serían válidos para uno mismo o para un grupo específico del cual uno es miembro.

En el caso del auditorio que es el otro en el diálogo, uno puede hacer las mismas consideraciones y tomarse a sí mismo y al otro como representantes del auditorio universal (como en los diálogos filosóficos escritos por Platón o Galileo, que suponen una búsqueda conjunta y desinteresada de la verdad); o puede tratar al otro y a sí mismo como partidarios de una fracción específica de la humanidad que comparte tesis y premisas no universalizables, es decir, como miembros de un auditorio particular.

P-O caracterizan los conceptos de persuadir y convencer por referencia a los auditorios particulares y universal. Mientras que la tradición filosófica  racionalista había entendido el esfuerzo por convencer, como un procedimiento que busca un resultado eminentemente lógico y racional, y lo había distinguido del proceso de persuadir como algo dirigido a la parte emocional e irracional del auditorio[31]; P-O buscan zanjar esta cuestión renunciando a escindir al ser humano en dos partes antagónicas (razón y pasión o razón y voluntad), pues la argumentación se dirige al ser humano completo, no a una parte de él; y proponen que entendamos por ‘convencer’ el esfuerzo dirigido a ganar la adhesión del auditorio universal, y por ‘persuadir’, lo que busca la argumentación dirigida a un auditorio particular.

Para concluir esta introducción de algunos conceptos centrales de la Nueva Retórica, antes de pasar a la tipología de premisas y argumentos que ella nos ofrece, me permito una observación a modo de hipótesis de trabajo sobre las dicotomías universal / particular y persuadir / convencer, a las que podemos agregar otras como demostrar / argumentar, racional / razonable, y valor abstracto / valor concreto. Posiblemente ellas estén vinculadas con la separación tajante entre la Lógica y la Retórica (y Dialéctica) que realizan P-O. El caso es que podríamos asumir los primeros miembros de las dicotomías señaladas como el caso ideal y los segundos como lo que de hecho existe. Me explico: Parece haber dos puntos de vista en los creadores de la Nueva Retórica: por un lado habría una relación de oposición entre lo racional y lo razonable (entre argumentar y demostrar, etc.); por otro, parece postularse una relación de complementariedad o de límites (lo racional sería un límite ideal de lo razonable) como se ilustra en el siguiente esquema, en el que la flecha indica la idea de “tender hacia”:

 

Lógica     Racional    Demostrar   Convencer     Auditorio Universal      V/r abstracto 

                 ­                 ­                  ­                             ­                                ­

Retórica    Razonable   Argumentar    Persuadir     Auditorios particulares   V/r concreto

 

El Auditorio Universal sería el extremo ideal al que un orador debería tender (toda aseveración conlleva una pretensión de validez; entre más ampliamente sea aceptada esta pretensión, mejor será para su credibilidad). Incluso quien argumenta para un auditorio particular podría esperar, conciente o inconscientemente, que todos aceptaran sus premisas y tesis. Dicho con un ejemplo extremo, aún el que predica la superioridad de unas razas o de unos seres sobre otros, aspira a que tanto los ‘superiores’ como los ‘inferiores’ reconozcan y acepten la verdad de su tesis. Para acentuar el carácter paradójico del concepto de auditorio universal, recordemos que los discursos de la filosofía y de la ciencia aspiran a ser válidos para este auditorio, así sus discursos y problemas sólo sean entendidos por una minoría (que puede ser llamada ‘auditorio de élite’). Los discursos especializados suelen estar dirigidos al auditorio universal; mientras que los discursos de élite son normalmente válidos para auditorios particulares, a menos que la élite se considere a sí misma como iluminada, como poseedora de la verdad absoluta, y como única representante auténtica del auditorio universal.

El estado de convencimiento puede ser entendido como una persuasión máxima. Así, el que sabe que sólo logra persuadir a un grupo, podría aspirar a convencer a toda la humanidad de las tesis compartidas por ese grupo; o, al menos, a que le reconozcan y respeten el derecho a defender tesis distintas a las de la mayoría (incluso sobre la base de una sensibilidad distinta, es decir, haciendo valer, en el discurso, motivos emocionales). Todo lo cual nos remitiría al pluralismo y a la tolerancia, sobre los que volveremos en el próximo capítulo.

La demostración lógica sería el caso límite de la argumentación, cuando ella se hace formal e intemporal, y señalaría un límite ideal y un parámetro de validez (aunque no el único) para la argumentación en el lenguaje cotidiano.

El modelo de comportamiento plenamente racional, digamos calculado, controlado, sopesado, etc., ha sido reconocido como un ideal desde épocas y culturas remotas, pero este ideal siempre ha sido balanceado con modelos razonables de actuación, más flexibles (recuérdese la oposición entre lo apolíneo y lo dionisiaco en Grecia, o la oposición entre el monje budista y el rey mono, en la literatura china). Se puede ser racional en la medida en que se puede confiar en leyes y reglas establecidas; pero el reconocimiento de la falibilidad del conocimiento, de las leyes y reglas, nos incita a ser razonables[32]. Al científico natural no le puede dejar satisfecho una explicación meramente razonable de un fenómeno; así como en la vida social no podemos esperar la certeza completa sobre nuestras decisiones cotidianas, debemos contentarnos con la opción más razonable. No sabemos si algún día las ciencias podrán calcular y predecir el comportamiento humano; tampoco sabemos si esto es lo más deseable o razonable que podamos esperar.


EJERCICIOS

 

1.      Elaborar un cuadro comparativo de las concepciones Antigua, Clásica y Nueva de la Retórica. (preferiblemente, se debe consultar bibliografía adicional).

2.      Examinar varios textos o discursos para determinar a qué tipo de auditorio se dirigen las tesis.

3.      Distinguir casos de discursos persuasivos y convincentes (se pueden comparar escritos científicos, políticos, religiosos, publicitarios, etc.)

4.      Discutir las relaciones entre los conceptos de ‘persuadir’ y ‘convencer’, ‘racional’ y ‘razonable’.


Capítulo IV:

                    Las premisas de la argumentación

 

El argumento más simple está compuesto de una premisa y una conclusión. Argumentar, en este sentido, es sinónimo de razonar, inferir, deducir, derivar, tomados estos términos en el sentido vago del lenguaje cotidiano. Todos ellos expresan la idea de crear vínculos entre algo y algo más, entre premisa(s) y conclusión(es)[33]. Así, argumentar, en este caso más simple, es crear el lazo entre dos (o más) proposiciones; lazo que generalmente consiste en mostrar cómo de la primera podemos pasar a la segunda. Se suele llamar premisa a la primera y conclusión a la segunda (pero veremos que este simple nexo puede ser llamado causa-efecto, medio-fin, motivo-expresión, en el lenguaje cotidiano y axioma-teorema, antecedente-consecuente, en lenguajes formalizados).

Se argumenta, generalmente, porque algo no parece evidente, a uno mismo o a un interlocutor[34]. Y dado que el objetivo fundamental de la argumentación es conseguir que la adhesión que se concede a las premisas se pueda transmitir a la conclusión, la argumentación debe partir de algo que esté fuera de duda (para uno mismo, o para el interlocutor), así que normalmente usamos como premisa de nuestro argumento unos datos y creencias que consideramos evidentes, inobjetables, fuera de duda, o razonablemente aceptables. Perelman los llama ‘acuerdos sobre lo real’ y ‘acuerdos sobre lo preferible’.

Para garantizar la eficacia de la argumentación, el orador debe usar como premisas aquellos ‘objetos de acuerdo’ que son aceptados por su auditorio. Perelman llama petición de principio al error del orador que supone aceptadas por su auditorio unas premisas que realmente éste no acepta. Lo considera el error más grave de la argumentación[35], que termina en el rechazo del argumento y en el ridículo o el desprestigio del orador. Pero si el orador no quiere hacer el papel de un sofista cínico y maquiavélico, deberá argumentar usando sólo aquellas premisas que comparte con su auditorio o interlocutor. Es decir, evitará fingir que acepta como válido, verdadero o correcto aquello que considere errado, falso o inadecuado. La aparente excepción a esta regla de sinceridad es la que se presenta cuando se examinan las premisas como meras hipótesis, de las que el orador y el auditorio desean saber sus efectos o consecuencias probables, como es el caso en muchos diálogos filosóficos y en el razonamiento científico[36]. Esta actitud crítica frente a las premisas es frecuente en el ejercicio dialéctico.

Como ya se dijo, Perelman clasifica las premisas en dos grandes grupos: las relativas a lo real y las relativas a lo preferible, con lo cual da por sentada la distinción que hacemos en el lenguaje cotidiano entre lo que es y lo que debería ser (o nos gustaría que fuera)[37]. El primer grupo comprende los hechos, las verdades y las presunciones (o hechos presumibles); al segundo grupo pertenecen los valores, las jerarquías de valores y los lugares comunes de lo preferible. Veamos.

 

1.      Premisas relativas a lo real.

La expresión “lo real” precisa una aclaración. La teoría de la argumentación no pretende decirnos qué es lo real, sino mostrarnos que los argumentos humanos suelen basarse en lo que un orador y/o su auditorio consideran como real. El concepto de ‘real’ es un concepto pragmático, que se dirime en cada cultura humana, en cada lenguaje y en cada grupo de creencias y valores. Pero es concebible que la humanidad, o el auditorio universal, los seres humanos razonables lleguen a acuerdos al respecto, lleguen a acuerdos sobre una caracterización de la realidad, de lo que ‘es un hecho’, de lo que puede ‘tomarse por verdadero’, de lo que ‘es presumible esperar que suceda’ dado nuestro conocimiento previo de otros hechos y verdades; es decir, sobre los hechos, las verdades y las presunciones que conozco o acepto por verdaderas y cuyo conocimiento comparto con mis ‘semejantes’. En principio, se considera que la filosofía y las ciencias enuncian un discurso sobre la realidad que aspira a describir los hechos y a formular las verdades que los expliquen de un modo aceptable para el auditorio universal.[38] Históricamente, esta aspiración a la aceptación universal, ha sido compartida – y competida- con los discursos míticos, religiosos y metafísicos. La hipótesis de que todo el que usa el lenguaje con intención comunicativa entabla una pretensión de verdad, nos permitiría ampliar la gama de discursos sobre ‘lo real’ con pretensión de universalidad. Volveré sobre esto en el último capítulo.

 La Teoría de la Argumentación, como toda teoría que nos ofrece una clasificación, nos brinda una terminología que puede usar expresiones del lenguaje cotidiano, pero dándoles una interpretación más técnica, más precisa. Definir consiste, muchas veces, en tender cercas semánticas[39] en torno de nociones relativamente vagas. Es este el caso con las nociones perelmanianas de ‘verdades’ y ‘hechos’ como premisas de la argumentación.

1.1. Los hechos:

En algunos casos, el lenguaje cotidiano nos permite usar como sinónimos las nociones de ‘verdad’ y ‘hecho’, pues en un sentido muy general toda verdad es un hecho (o varios) y todo hecho muestra una verdad. De allí que en el lenguaje cotidiano las expresiones “Es verdad que...” y “Es un hecho que...”, sean, a veces, intercambiables. Pero al decir “un hecho”, “el hecho”, estamos ya aludiendo al carácter singular, de un evento concreto, histórico, demarcable, determinable que posee lo que llamaremos un hecho.

Las ciencias humanas y sociales han ido descubriendo que lo que un ser humano se representa y enuncia como un hecho, es el resultado final de un complejo cruce de interpretaciones previas, que van desde la constitución física del humano (el ojo interpreta la percepción y el cerebro interpreta al ojo), hasta las limitaciones de la racionalidad y el lenguaje humano para interpretar correctamente la realidad, sumado a la multiplicidad de interpretaciones del mundo que elaboran los grupos humanos.

No obstante, en el lenguaje cotidiano y en los lenguajes técnicos y científicos es posible asumir criterios más o menos claros para aceptar que la información aportada por la memoria de los acontecimientos percibidos o recordados como efectivamente sucedidos se pueden recortar en segmentos llamados hechos. El hecho ocurre en el espacio y el tiempo. Y una vez que ha sido reconocido por varios o muchos, es una premisa bien fundada para iniciar un argumento.

El mundo objetivo puede pensarse como un entramado de hechos. Es un hecho que uno hace lo que hace e hizo lo que hizo; que otro hizo o hace algo; que existe un mundo, que estamos vivos en él (yo al momento de escribir, el lector al leer); que Cristóbal Colón llegó a una isla cerca al continente americano un 12 de octubre de 1492 (no me consta, pero le creo a la humanidad razonable que me lo enseñó en la escuela). Para los creyentes en la verdad literal de la Biblia, es un hecho que existe Dios, que creó al mundo, que Jesucristo resucitó al tercer día, etc.

Las ciencias positivas se atienen a los hechos, a los que se consideran como objetivos, no afectados por la subjetividad humana. Se llama cientificismo a la tesis de que sólo los hechos avalados por la ciencia son reales.

Como sucede a  todas las premisas, si un hecho es puesto en duda, deja de servir como premisa y quien desee reivindicarlo tendrá que soportar el peso de la prueba que impone la duda y tratará de fundamentarlo como conclusión a partir de otras premisas aceptadas.

El principiante en el análisis argumentativo de textos y discursos, tal vez encontrará dificultades para determinar si una proposición desempeña la función de hecho o de verdad en el argumento. Esto puede ser consecuencia de la falta de criterios claros para clasificarlos. Ya que casi todas las categorías que usamos en el lenguaje son generalizaciones, conceptos abstractos: piedra, caballo, hombre, amigo, hermano, no son todavía seres singulares y concretos. Es un hecho cada muerte en la historia, pero que ‘los hombres son mortales’ es una generalización. ¿Son las generalizaciones hechos complejos o son ya explicaciones de la realidad que pretenden ser verdaderas? Sobre ello volveremos en breve.

1.2. Las verdades.

Las verdades son afirmaciones que dependen de un marco explicativo (por extensión, el marco mismo se considera verdadero). Por Freud hemos reconocido que desde niños hacemos teorías, sobre tópicos sobre cómo nacen los niños, o sobre las diferencias entre los dos miembros del género humano. Así también sabemos -nos han dicho y lo aceptamos- que el hombre primigenio elaboraba teorías sobre el origen del cosmos y del hombre mismo, verdades que le servían para ordenar el mundo, ordenar la sociedad y ubicarse a sí mismo en la realidad. Los hechos no bastan, es necesario explicarlos; de allí surgen hipótesis, reglas, generalizaciones y combinaciones de ellas, que aspirarán al estatus de verdades que todos acepten o deberían aceptar.

En el sentido amplio que le da la teoría de la argumentación, el concepto de verdad incluye las verdades científicas, pero también las verdades de los mitos de la religión, del sentido común del lenguaje cotidiano; en la medida que las verdades que ellas contienen (o dicen contener) son compartidas por un amplio número de personas y aspiran a ser reconocidas por todos, tienen una pretensión de validez universalista, aspiran a ser universalmente reconocidas, a ganar adhesión universal. Al lado de las verdades científicas están, pues, las verdades del mito, las tradiciones populares y, aún, las teorías que nos parezcan absurdas o estrambóticas. Sólo estableciendo un criterio gnoseológico (epistemológico), se podrá distinguir entre explicaciones y teorías verdaderas, aceptables, razonables y teorías falsas, inaceptables o absurdas. Es decir, a partir de una disociación entre creencia verdadera y creencia falsa; hipótesis verificada e hipótesis refutada, etc.

La Teoría de la Argumentación no es una teoría sobre la verdad, a ella le basta constatar que los seres humanos damos por verdaderas algunas teorías y explicaciones y las asumimos como premisas de nuestros argumentos. Los criterios de verdad los establece cada uno de nosotros en la vida cotidiana, los perfeccionan los científicos y los analizan sistemáticamente los filósofos (como epistemología, teoría de la ciencia, filosofía de la ciencia o gnoseología).

Podemos clasificar como verdades tanto a teorías y libros completos (las escrituras sagradas de cada religión, la teoría de la relatividad de Einstein, la explicación psicoanalítica de la conducta humana); a explicaciones concretas de fenómenos (por ejemplo, la caída de los cuerpos, el movimiento de los planetas, o las causas de la pobreza o la violencia en una región).

Las generalizaciones empíricas pueden ser consideradas como hechos complejos (Todos los hombres son mortales; Todos los alumnos del curso x están matriculados). Estos hechos complejos serán más creíbles en la medida en que sean más fácilmente constatables. Pero las generalizaciones más especulativas pueden ser consideradas como aspirantes a la categoría de verdades: Todo ser humano posee un alma inmortal; Toda la humanidad está encadenada a la rueda de la reencarnación; Los españoles descubrieron a América; Las mujeres son más débiles que los hombres, etc.

El lector ya habrá notado que al momento de clasificar una premisa como verdad, no hay que preguntarse si a uno (como lector o analista) le parece verdadera, sino si el orador y el auditorio la asumen como tal. Es posible establecer una disociación entre ‘La Verdad’ y ‘lo verdadero’, si entendemos por lo primero las grandes verdades metafísicas, religiosas o científicas y por lo segundo, las verdades más puntuales que constituyen explicaciones de grupos restringidos de hechos o fenómenos; aunque en algunos casos los límites pueden ser borrosos. En el texto escrito sólo podemos determinar lo que el orador (ponente o narrador) tiene por verdades. En el diálogo podemos analizar las coincidencias y diferencias entre las verdades aceptadas por los interlocutores y la forma como se modifican sus creencias en el proceso de dialogar.

 

1.3. Las presunciones o hechos presumibles

Suponiendo que lo que normalmente ha sucedido en el pasado seguirá sucediendo en el futuro, hacemos presunciones sobre los hechos y las personas a partir de su comportamiento en el pasado. Existen al menos tres tipos generales de presunciones: las que adjudicamos en la vida cotidiana (y en el lenguaje común) a las personas y acontecimientos diarios; las presunciones especiales de la argumentación jurídica; y los pronósticos, cotidianos y científicos. Veamos:

En la vida cotidiana presuponemos, damos como un hecho confiable, que las personas se comportan sensatamente (cuando esto no sucede exigimos una aclaración, pues el comportamiento insensato no nos sirve de premisa); presuponemos que aquel que nos interpela con la palabra va a decirnos algo que nos concierne; presuponemos que quien nos informa de algo nos comunica algo verdadero (el pastorcito mentiroso ya no es un interlocutor válido); suponemos que quien nos expresa un sentimiento es sincero; etc.

En el discurso jurídico se habla de presunciones como la presunción de inocencia (toda persona es, o se presume, inocente hasta que se pruebe lo contrario) En la vida cotidiana y en la investigación científica, necesitamos esforzarnos por tener conocimientos (facultades e instrumentos) que nos permitan predecir los acontecimientos con algún grado de aceptabilidad. Todos hacemos pronósticos, desde el profeta hasta el científico, pasando por el astrólogo, el apostador, o el meteorólogo. La validez de nuestras presunciones tienen que ver, entonces, con el grado de confianza que concedamos a la regularidad de los acontecimientos, a la calidad de las personas y a la confiabilidad de nuestros instrumentos de observación.

Como toda premisa, las presunciones sólo serán tales si son compartidas por el orador y su auditorio. Pues hacen parte de los presupuestos de la convivencia en sociedad y de lo que en ella se considera normal y presumible. Como razonamiento, la presunción es un decantado del acto de presumir algo futuro con base en el conocimiento del pasado, sobre todo de las regularidades y reglas[40].

Perelman presenta como “presunciones de orden general” las siguientes: “La presunción de que la calidad de un acto manifiesta la calidad de la persona que lo realiza; la presunción de la credulidad natural, que hace que nuestro primer movimiento sea el de acoger como verdadero lo que se nos dice; la presunción de interés, según la cual concluimos que todo enunciado que se nos comunica presumiblemente nos interesa; la presunción referente al carácter sensato de toda acción humana”[41] Dado que la presunción supone un acuerdo sobre lo que normalmente sucede, su puesta en duda impone la carga de la prueba a quien la cuestiona.

En algunas disciplinas, como el derecho y la filosofía, se elaboran tipologías de presunciones. Las presunciones jurídicas, como la mencionada “presunción de inocencia”, son construcciones normativas, pues establecen derechos y procedimientos jurídicos, en el marco de un sistema jurídico determinado. El filósofo Paul Grice ha presentado una tipología general para determinar las presunciones (o presupuestos) que hacen posible el intercambio de argumentos en la conversación. Veamos:[42]

Principio Cooperativo: Haga que su contribución a la conversación sea, en cada momento, la requerida por el propósito o la dirección del intercambio comunicativo en el que está usted involucrado.

I. Máximas de Cantidad:

1.      que su contribución sea todo lo informativa que requiera el propósito del diálogo; pero

2.      que su contribución no sea más informativa de lo necesario.

II. Máximas de Cualidad (de veracidad):

“Intente que su contribución sea verdadera”

1.      no diga lo que crea falso.

2.      no diga algo de lo que no tenga pruebas suficientes.

III. Máxima de Relevancia (o de relación):

Hable oportunamente (sea relevante).

IV. Máxima de Modo:

Sea claro.

1.      Evite expresarse oscuramente.

2.      Evite ser ambiguo.

3.      Sea breve (evite toda prolijidad inútil).

4.      Sea ordenado.

En tanto que son máximas, tienen un carácter normativo, señalan un deber ser del intercambio comunicativo; pero funcionan como presunciones de la buena fe de cada interlocutor; su violación ha de ser justificada, a riesgo de evidenciar un comportamiento manipulativo o estratégico.

2. Premisas relativas a lo preferible

Se clasifican aquí las premisas que orador y auditorio comparten en lo relativo a los ideales.

Mientras que las premisas relativas a lo real están ligadas al comportamiento normal, en el pasado, de los fenómenos naturales; las premisas relativas a lo preferible tratan de determinar lo que es bueno como pauta de comportamiento humano en el presente y el futuro.

La Teoría de la  Argumentación considera tres tipos de premisas relacionadas con el deber ser: Valores, Jerarquías de valores y Lugares comunes de lo preferible.

            Los valores.

Valoramos algo cuando no nos resulta indiferente, cuando lo ubicamos por encima  de otra cosa; o por debajo, pues las valoraciones pueden ser positivas o negativas (se hablará en este último caso de anti-valores): bueno, justo, bello, verdadero o real, se oponen así a malo, injusto, feo, falso o aparente.

Los diccionarios consignan, entre los significados de ‘valor’, tanto los que se refieren al acto de valorar, como los que remiten a las cosas valoradas: “Valor: 1. Grado de utilidad o aptitud de las cosas, para satisfacer las necesidades o proporcionar bienestar o deleite. 2. Cualidad de las cosas, en virtud de la cual se da por poseerlas cierta suma de dinero o equivalente. 3. Alcance de la significación o importancia de una cosa, acción, palabra o frase. 4. Cualidad del ánimo, que mueve a acometer resueltamente grandes empresas y a arrostrar los peligros.(...) 10. Fil. Cualidad que poseen algunas realidades, llamadas bienes, por la cual son estimables. Los valores tienen polaridad en cuanto son positivos o negativos, y jerarquía en cuanto son superiores o inferiores...” Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua.

El Larousse considera: “Valor: Lo que vale una persona o cosa. V. Importancia, Precio...Fig. Importancia: no dar valor a una frase (Sinon. V. Significado)... Subsistencia y firmeza de algún acto... Estimación aproximada...”

Esto nos señala la importancia vital, y por ende, argumentativa, del acto de valorar. Desde cierto punto de vista se ha opuesto el conocimiento objetivo a la apreciación valorativa; pero los intereses que guían al conocimiento humano pueden ser objeto de debate racional (Habermas), ya que obedecen a las necesidades de supervivencia y mejoramiento del ser humano. Que la verdad sea un valor, así como la objetividad, la neutralidad, o la imparcialidad; muestra que el acto de valorar es, por lo menos, inseparable del acto de conocer. La objetividad científica reclama ciertos valores objetivos y universalistas; a la vez que reprime o controla las valoraciones meramente subjetivas o parciales o irrepetibles.

Como se dijo antes, los valores, -lo mismo que la estimación de los hechos y verdades- suponen un acuerdo o consenso (implícito o explícito) entre orador y auditorio en torno a lo que se debe valorar y cómo se lo debe valorar (veremos que la noción de valor supone la de jerarquía, grado de importancia, escala de valores). Pero, a diferencia de los juicios sobre la realidad, que están sometidos al escrutinio de todos, y, por tanto, tienden más evidentemente hacia la universalidad, los juicios valorativos parecen estar más ligados a grupos y auditorios particulares. De allí que la reflexión filosófica se haya preguntado desde sus inicios por la existencia de valores universales, ¿puede existir acuerdo en el Auditorio Universal sobre valores como lo verdadero, lo bueno, lo bello o lo justo? La mirada etnológica, típica de las ciencias sociales, constata la existencia de una pluralidad de valores, escalas y sistemas de valores. Pero el enfoque humanista de la filosofía –entre otras disciplinas- buscará en esa pluralidad los elementos comunes. Y constata en primer lugar que toda cultura humana supone, al menos, una idea de lo que es verdadero, bueno, justo y bello. Existe pues una universalidad en el hecho de necesitar distinguir estos valores, así los criterios para determinarlos en cada caso varíen en cada época y lugar.

En la época actual algunas corrientes filosóficas insisten en la noción de valores universales (o, al menos, universalizables), no obstante la tendencia escéptica y relativista apoyada en las ciencias sociales y en los enfoques historicistas. Así, Adela Cortina, apoyada en las tesis sobre la moral post-convencional desarrollada por Kohlberg y Habermas, puede afirmar:

“Estos principios tienen en cuenta a toda la humanidad, de modo que desde ellos podemos poner en cuestión también las normas de nuestras sociedades concretas. Y estos principios entrañan un conjunto de valores morales, que son universales: aquellos valores que exigiríamos para cualquier persona.

“Con esto el relativismo queda arrumbado, porque hemos ido aprendiendo al hilo de los siglos que cualquier ser humano, para serlo plenamente, debería ser libre y aspirar a la igualdad entre los hombres, a ser solidario y respetar activamente su propia persona y a las demás personas, trabajar por la paz y por el desarrollo de los pueblos, conservar el medio ambiente y entregarlo a las generaciones futuras no peor que como lo hemos recibido, hacerse responsable de aquellos que le han sido encomendados y estar dispuesto a resolver mediante el diálogo los problemas que pueden surgir con aquellos que comparten con él el mundo y la vida”[43]

Perelman considera que los valores universales “son objeto de un acuerdo universal en la medida en que permanecen indeterminados; desde el momento en que uno trata de precisarlos, aplicándolos a una situación, o a una acción concreta, los desacuerdos y las oposiciones de grupos particulares no tardan en manifestarse”, y acude al criterio del sociólogo E. Dupréel, para quien los valores universales no son sino instrumentos de persuasión, “una especie de útiles espirituales totalmente separables de la materia que permiten modelar, anteriores al momento de servirse de ellos y que permanecen intactos después de que han sido utilizados, disponibles como antes para otras ocasiones”[44]

En este orden de ideas, la T. A. propone distinguir entre valores abstractos, como la belleza o la justicia, y valores concretos, como la Iglesia o la Patria. Un valor concreto “es el que se da a un ser particular, a un objeto, a un grupo, o a una institución concebidos en su unicidad”. Así, dice Perelman, algunas virtudes, “no pueden definirse y comprenderse sino con relación a valores concretos” como fidelidad, lealtad, solidaridad, honor. Perelman considera que “el racionalismo y el clasicismo adhieren a virtudes abstractas, a reglas válidas para todos y en toda circunstancia, tales como la justicia, la veracidad, el amor a la humanidad, el imperativo categórico kantiano – donde lo moral se define por lo universalizable-, y el principio del utilitarismo de Bentham –que define el bien por lo que es más útil al mayor número”[45] En términos aún más generales, Perelman afirma que podría caracterizarse a las sociedades conservadoras por fundar sus razonamientos en valores concretos; mientras que el espíritu revolucionario justifica el cambio acudiendo a los valores abstractos.

 

            Las jerarquías de valores.

Es normal que en la argumentación subordinemos unos valores a otros, jerarquizándolos. Estas jerarquías pueden ser de valores concretos o abstractos, y tanto homogéneas (cuando jerarquizamos valores de la misma cualidad) como heterogéneas (cuando subordinamos un valor concreto a uno abstracto o viceversa). Veamos algunos ejemplos: Se atribuye a Aristóteles la frase “soy amigo de Platón pero más amigo de la verdad”, en la cual se está subordinando la amistad de Platón, valor concreto, al amor a la verdad, valor abstracto, en un caso de jerarquía heterogénea. Un caso inverso de jerarquía heterogénea lo plantea Erasmo de Rotterdam cuando afirma que prefiere una paz injusta (valor concreto) a una guerra justa (valor abstracto). Las jerarquías homogéneas suelen estar basadas en criterios de cantidad. Así, se puede preferir lo que es útil al mayor número, lo que plantea  menos sacrificio o el menor esfuerzo; o, de dos males, el menor. Cuando un asaltante le plantea a su víctima “la bolsa o la vida”, le obliga a elegir entre dos valores concretos, otro caso de jerarquía homogénea.

            Los lugares comunes de lo preferible.

Esta noción parte de la distinción aristotélica entre “lugares comunes” y “lugares específicos”. Los primeros “son afirmaciones muy generales referentes a lo que presumiblemente vale más en algún dominio”, mientras que los últimos hacen referencia a nociones, reglas, creencias y valores preferidos en ciertos dominios, discursos y profesiones específicos. Los lugares comunes (o topoi), fueron estudiados por Aristóteles, en Los Tópicos, quien los incluyó entre los “lugares de accidente”. Desde allí, Perelman distingue como lugares comunes de lo preferible:

a.       Lugares de la cantidad: “cuando se dice que lo que aprovecha al mayor número, lo que es más durable y útil en las situaciones más variadas, es preferible a lo que no aprovecha sino a un pequeño número, es más frágil o no sirve sino en situaciones particulares”.

b.      Lugares de la cualidad: cuando se da como razón para preferir alguna cosa “el hecho de es que única, rara, irremplazable, que es una ocasión que no se producirá más: carpe diem”. Agrega Perelman que este lugar común “favorece a la élite más que a la masa, a lo excepcional más que a lo normal, que aprecia lo que es difícil, lo que hay que hacer en el momento preciso, la urgencia”; además, “los lugares de cantidad caracterizan al espíritu clásico, los de la cualidad al espíritu romántico”.

c.       Lugares del orden: “superioridad de lo anterior sobre lo posterior, de la causa sobre la consecuencia”.

d.      Lugares de lo existente: “que afirman la superioridad de lo que es sobre lo que es meramente posible”.

e.       Lugares de la esencia: “que conceden una superioridad a los individuos que representan mejor la esencia del género”.

f.       Lugares de la persona: “que implican la superioridad de lo que está ligado a la dignidad y a la autonomía de la persona”.

 


EJERCICIOS

 

1.      Dado un texto corto (artículo de prensa o de revista, ensayo breve, fragmento de un texto con sentido completo) ubique en el las expresiones que indican las premisas y la conclusión de los argumentos que el autor  defiende, propone o sugiere.

2.      Clasifique en estos argumentos los seis tipos de premisas (hechos, verdades, presunciones, valores, jerarquías de valores y lugares comunes de lo preferible). Justifique y precise su clasificación.

3.      Discuta las fortalezas y debilidades de la clasificación perelmaniana de las premisas de la argumentación. (Se sugieren como temas de discusión: las distinciones entre hechos y verdades, lo real y lo preferible, valores abstractos y valores concretos, ¿qué son los valores universales?)


Capítulo V:

Enlaces argumentativos I: Los argumentos cuasilógicos

Dado que argumentar es conectar premisas con conclusiones, una vez presentadas las premisas, es necesario analizar las distintas formas como el orador las relaciona con las conclusiones. La Teoría de la argumentación de P-O distingue dos modos generales de argumentar llamados enlaces o disociaciones. Los enlaces se constituyen en tres tipos de argumentos: cuasilógicos, basados en lo real y configuradores de lo real. Las disociaciones serán el cuarto tipo de argumentos.

Antes de pasar a la presentación de los tipos de argumentos cuasi-lógicos, conviene hablar brevemente de las relaciones entre lógica y argumentación en la teoría perelmaniana; pues el autor afirma que los argumentos cuasi-lógicos se entienden mejor desde el trasfondo de los razonamientos  lógicos a los que ellos se asemejan o pretenden asemejarse.

Perelman insiste en las diferencias entre la demostración, (desarrollada en el marco de un sistema lógico formal, y con la ayuda de un lenguaje artificial) y la argumentación, hecha en el lenguaje cotidiano. La demostración lógico formal es un procedimiento analítico, un razonamiento apodíctico, en el cual se supone aceptada la verdad de las premisas (es decir, de los axiomas y reglas de derivación que postula el respectivo cálculo lógico). La argumentación cotidiana se asemeja más a los razonamientos dialécticos, en los cuales las premisas suelen ser dudosas, hipotéticas, o, a lo sumo, verosímiles.

Mientras que en la demostración lógico formal se transmite la verdad de las premisas a las conclusiones –si el razonamiento es formalmente válido- (y se retro-transmite la falsedad de la conclusión a, al menos, una de las premisas), en la argumentación lo que se transmite de premisas a conclusión –si el argumento es exitoso- es la adhesión concedida a las primeras.

No hay que olvidar, sin embargo, que la lógica formal surgió como una forma de análisis del razonamiento cotidiano. De allí que su relación con la Teoría de la Argumentación pueda ser de complementariedad o aún de solapamiento, y no tanto de oposición, como sugieren algunos pasajes de la obra de Perelman, en los que se enfatiza el carácter de cálculo axiomático de la actual lógica, para contraponerlo al razonamiento argumentativo en el lenguaje cotidiano. Sobre esta problemática relación entre lógica y retórica volveremos en el capítulo final.

¿Qué es pues un razonamiento cuasilógico? “Los razonamientos cuasilógicos son aquellos que se comprenden aproximándolos al pensamiento formal de naturaleza lógica o matemática. Pero un argumento cuasilógico difiere de una deducción formal, por el hecho de que él presupone siempre una adhesión a tesis de naturaleza no formal, que son las únicas que permiten la aplicación del argumento”[46]. A diferencia del carácter formal y constrictivo (lógicamente necesario) de los razonamientos formales, los argumentos cuasilógicos son controvertibles. No son demostraciones correctas, sino argumentos más o menos fuertes, pero con apariencia lógica.

Aunque en el Tratado de la argumentación se distinguen por lo menos nueve tipos de argumentos cuasilógicos, en el Imperio retórico estos se agrupan en cinco tipos así:

1.      Los que semejan contradicciones lógicas

2.      Los que se asemejan al principio lógico de identidad

3.      Los que se asemejan a las relaciones formales de simetría

4.      Los que se asemejan a relaciones formales de transitividad o de inclusión de la parte en el todo o división del todo en sus partes

5.      Los que simulan operaciones de pesar y medir o suponen probabilidades.

Veamos un esquema de sus relaciones con los argumentos lógico-matemáticos, antes de entrar en detalles sobre cada uno de ellos:

Tipos de argumentos cuasilógico y esquema lógico al que se asemejan:

 

Nexos o Argumentos cuasi-lógicos:

Esquemas lógico-matemáticos

1.      Incompatibilidades

(Aporías, paradojas semánticas, autofagias)

 

1’. Contradicción lógica

    ( p v - p)

Violación del principio de no contradicción:

   - ( p v - p)

2.      Definiciones y análisis

(Planteados como identidad total entre definiens y definiendum; analisans y analisandum; explanans y explanandum; tautologías aparentes)

2’. Principio de identidad

   (p --- p); (x = df. y)

   Tautologías (leyes lógicas)

  

3.      Regla de justicia y Reciprocidad

(ley del talión, igualdad ante la ley, regla de oro, imperativo categórico... )

3’. Principio de simetría

   [aRb --- bRa]

4.      Transitividades aparentes. Relaciones de inclusión y de división.

(Sorites chino; entimemas; dilemas)

4’. Transitividad formal

   [aRb --- bRc] --- aRc

  Si (a>b) y (b>c) entonces (a>c)

[(p v q) --- (p--- r) --- (q --- r)] --- r

5.      Comparaciones

(asimiladas a mediciones, pesadas o probabilidades cuantificables)

5’. Pesos, medidas y probabilidades matemáticas

 

1.      Argumentos cuasilógicos relacionados con la contradicción

La Teoría de la Argumentación de P-O, nos propone distinguir las contradicciones que se dan en un sistema lógico formal, de las incompatibilidades o contradicciones aparentes que se dan en el lenguaje cotidiano. Un sistema formal que permita demostrar una expresión y la negación de ella - (p Ù Ø p) - es contradictorio o inconsistente. La inconsistencia hace inútil un sistema formal. De allí que en la lógica clásica se considere un ‘principio de no contradicción’, que puede simbolizarse con una tautología o ley lógica de la forma: Ø (p Ù Ø p). Este principio ha recibido varias interpretaciones: “algo no puede ser y no ser a la vez”, “algo no puede ser verdadero y falso a la vez”. (Nótese que la expresión ‘a la vez’ introduce una restricción temporal que se invalida en muchos casos de la experiencia cotidiana). A diferencia del formalismo lógico, en el lenguaje cotidiano es lícito decir: “Yo soy el mismo que era antes del accidente, pero no soy el mismo”, o “Cada día me baño en el mismo río, pero éste es siempre distinto”.

Mientras que una contradicción constituye un rotundo fracaso en el afán de ser lógicamente coherente al razonar y argumentar, una incompatibilidad, en tanto que ‘contradicción aparente’ siempre ofrecerá una salida que evite la acusación de inconsistencia. Puedo explicar en qué sentido soy el mismo que era antes del accidente, y en qué sentido ya no soy el mismo. Puedo dar razones para justificar que el río en que me baño cada día es el mismo, pero no es el mismo. En El Imperio Retórico Perelman nos explica las causas que producen la incompatibilidad y las vías que la argumentación permite para escapar de ella: “cuando una regla afirmada, una tesis sostenida, una actitud adoptada, conllevan, sin quererlo, en determinado caso, un conflicto, sea con una tesis o una regla afirmada anteriormente, sea con una tesis admitida generalmente, y a la cual uno, como los demás miembros del grupo, presumiblemente adhiere” (p. 82). Un primer ejemplo será el caso del niño a quien se le ha enseñado que debe obedecer a sus padres y que nunca debe mentir. “Pero, ¿qué hacer cuando el padre ordena mentir, o cuando el padre y la madre dan órdenes inconciliables?”. Un segundo ejemplo se presenta cuando alguien decide ser vegetariano porque pretende vivir sin matar a ningún ser vivo y se le muestra que las plantas y las bacterias que ingiere son también seres vivos. “Se ve que la incompatibilidad obliga a escoger; a indicar la regla que uno seguirá en caso de conflicto, a abandonar la otra o a restringir su alcance.” (p.83)

Continúa Perelman mostrando las situaciones que crean el conflicto que percibimos como incompatibilidad. “El conflicto puede resultar de una decisión humana”(p. 84), así cuando un jefe de gobierno supedita su permanencia en el cargo a la aprobación parlamentaria de un proyecto de ley (hace incompatible su permanencia en el cargo con la negación parlamentaria del proyecto). También se crea la incompatibilidad cuando dos grupos, “tales como la iglesia católica y el partido comunista”, deciden que la pertenencia al uno es incompatible con la pertenencia al otro.

“Cuando de dos reglas que se excluyen, una es de aplicación siempre, el conflicto es inevitable, pero se volverán compatibles gracias a una división en el tiempo, en el espacio  o en cuanto al objeto que permite evitar el conflicto”(85). Para ampliar este caso, Perelman cita el Tratado de la argumentación: “Dos afirmaciones de una misma persona en momentos diferentes de su vida, pueden ser presentadas como incompatibles, si todos los enunciados de esta persona se tratan como un solo sistema; si se tratan los diversos momentos de su vida como no siendo solidarios los unos con los otros, la incompatibilidad desaparece”[47].

Un caso especial de incompatibilidad es la llamada autofagia; esta resulta, no del hecho de que dos reglas se oponen, “sino de que la afirmación de una regla es incompatible con las condiciones o las consecuencias de su aseveración o de su aplicación”. Se llama retorsión a la forma de razonamiento o argumento que “ataca la regla produciendo una autofagia evidente” (p.p. 85-86). “Aristóteles mostró que quien niega el principio de no-contradicción puede ser refutado por retorsión, pues lo presupone si al afirmar lo verdadero, pretende que lo de su adversario es falso: su acción implica lo que sus palabras niegan” (p. 86). También se presenta una autofagia cuando se trata de aplicar ciertas reglas a sí mismas. Es lo que sucede cuando se trata de aplicar a sí misma la regla positivista que dice que “Sólo tienen sentido las proposiciones que son verdades analíticas o verdades empíricas”, pues ella misma no es ni analítica ni empírica. Una forma más de autofagia “es aquella que opone una afirmación a las condiciones o a las consecuencias de su aplicación” (87). Veamos un caso: Un abogado deja este mensaje a su conserje: “He ido al restaurante X, donde usted puede encontrarme; pero si usted no sabe leer, lleve esta nota al librero de la esquina quien la leerá para usted”.

P-O señalan tres maneras de escapar a una incompatibilidad: a) la actitud lógica, que consiste en examinar por anticipado todas las situaciones que podrían ocasionar la incompatibilidad para evitarlas a priori; b) la actitud práctica, que rehúsa decidir y resolver por anticipado todos los problemas, y prefiere esperar a que aparezca la incompatibilidad para resolverla; y c) la actitud diplomática, que asume “quien no quiere sacrificar una regla o resolver la incompatibilidad inoportuna” y se las arregla para que la situación de incompatibilidad no se produzca o no sea necesario resolverla. La primera actitud es típica de quienes tienen que redactar códigos y deben prever que las normas no sean incompatibles entre ellas; la segunda es usual en la vida cotidiana y queda ilustrada en dichos como “cada día tiene su propio afán” o “en el camino se acomodan las cargas”; la tercera es propia de las soluciones de compromiso que buscan obviar las incompatibilidades, y que han llevado incluso a hablar de la “enfermedad diplomática” como aquella que busca aplazar la solución de los problemas, ya que es incapaz de enfrentar y resolver las incompatibilidades.

Otra vía para resolver una incompatibilidad es la disociación de nociones. Esta técnica argumentativa será expuesta en el capítulo VIII.

 

2.       Argumentos cuasilógicos relacionados con el principio de identidad.

La T. A. distingue entre las identidades formales (ya sea que se presenten como evidencias o se postulen convencionalmente) que se ponen por fuera de la discusión, y las identificaciones que realizamos en el discurso cotidiano. En este último caso identificamos total o parcialmente dos expresiones mediante las actividades de definir o analizar. Cuando, en la definición identificamos el definiens y el definiendum, y los tratamos como intercambiables, estamos realizando un argumento cuasilógico de identidad. Del mismo modo, el análisis que se presenta como evidente o necesario podrá escapar a la controversia; pero, el análisis se sirve de la argumentación cuasilógica cuando reduce una expresión compleja a sus elementos últimos, y desecha todos los elementos que podrían diferir de aquellos a los que se ha reducido el análisis. El carácter cuasilógico del análisis se muestra en la siguiente paradoja:

“La ‘paradoja del análisis’, que postula el dilema de que un análisis es un mero sinónimo, y por tanto, es trivial, o es más que un sinónimo y por tanto es falso, tiene su equivalente en la filosofía lingüística: un neologismo puede explicarse en términos que ya existen y en este caso es redundante, o no puede explicarse así, en cuyo caso no tiene un ‘significado claro’” (E. Gellner).

Para escapar a la controversia, es decir, para eludir su carácter de cuasilógico, el análisis se presenta como evidente y necesario (así como la definición puede presentarse como arbitraria). Ante esto, dice Perelman: “podríamos hacerle el reproche opuesto, a saber, que no nos enseña nada nuevo, ¿en este caso carecería de interés, porque es simplemente tautológico? El no haría sino retomar en otros términos, es decir, recurriendo a una definición, el contenido de la proposición analizada. El carácter tautológico del análisis, es así solidario con el estatus no controvertido de la definición” (p. 93).

Ciertas repeticiones del lenguaje cotidiano parecen meras ‘tautologías’, en el sentido de simples repeticiones[48].  Si se toma el término ‘tautología’ para expresar una ley lógica (todas las tautologías ‘dicen lo mismo’ en la medida en que todas son verdaderas e intercambiables), se deberá llamar tautologías aparentes a las que se dan en el lenguaje cotidiano:

-          Ante la travesura de los niños, un adulto los justifica: “es que los niños son los niños”

-          Ante la tardanza de la novia para la ceremonia nupcial, su padre puede expresar “las mujeres son las mujeres”

-          Ante la moneda recogida en la acera podemos decir: “un peso es un peso”

Dado que cada uno de los términos repetidos puede tener un significado diferente en la frase expresada, puede soslayar la acusación de ser mera tautología, aunque no por ello puede esgrimir una validez meramente lógica ni considerarse evidente. En cada caso la justificación tiende un puente entre el caso presente y una regla o premisa admitida: la hiperactividad de los niños, la parsimonia de las mujeres, el valor potencial de una moneda. Agreguemos este bello ejemplo que Perelman toma de M. Jouhandeau: “cuando veo lo que veo, pienso lo que pienso” (p. 94, n. 19).


Comentarios

Primera lectura

Una primera lectura del texto me ha dado un buen panorama del acercamiento a la teoria de argumentaciòn desde estos tres autores. Creo que seria util hacer una sintesis de los capitulos IX y X pues tienen elementos nuy similares que pueden agruparse. Podrían quitarse los indices inicial y final para ahorrar espacio. El indice se puede colocar como contenido de navegación de manera que sea más agil e hipertextual la lectura de este libro tal como corresponde al medio electrónico. Por ultimo... creo que en unos dias solicitaré la membresía a la sociedad colombiana de teorias de la argumentación para aprender de este interesante ambito epistemológico.

Última modificación: 14/12/2008 14:07
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