El amor como en las pelis (Versión 1.2)

Novela en borrador

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            EL AMOR COMO EN LAS PELIS  

 

  

 

 

 

 

 

1

 

Héctor recorrió con los ojos las baldas de libros de ocasión, libros de segunda mano, tebeos polvorientos, fascículos desgastados, hasta que dio con la sección de papelería. Cogió el último paquete que quedaba de los gordos -quinientos folios- y se dirigió hacia el mostrador desde donde le miraba el viejo dependiente. Se preguntó qué es lo que desprendía aquel olor rancio, qué intenso era, ¿los libros viejos serían?, ¿el dependiente? Pensó en lo poco frecuentado que estaba el lugar, ahora mismo no había más que ellos dos, él y el librero.

—Verdaderamente estos folios son de la mayor calidad. Espesos pero a la vez flexibles, fíjese. Y ese  blanco marfil tan prometedor... ¿Se los va a llevar entonces, señor? —dijo el viejo dependiente.

—Pues… Sí, claro. ¿Cuánto es? —dijo Héctor.

—Como sé que hará usted buen uso de ellos, son suyos por doscientas cincuenta pesetas. ¿Quiere una bolsa?

“¡Pero bueno! No veas la manera de vender un simple paquete de folios que tiene este viejo. Ni que le estuviera comprando un coche”, pensó Héctor mientras contaba las monedas.

—No gracias, los meteré en la mochila. Mire… doscientas… y cincuenta. Aquí tiene —dijo Héctor poniendo las monedas sobre el mostrador. Y, al levantar la vista para despedirse —Adiós, gracias—, pudo ver la inquietante sonrisa que el viejo le estaba ofreciendo.

—Hasta nunca señor —le contestó el anciano, con tono amable pero sin dejar de esgrimir aquella turbadora mueca.

                  “¿Hasta nunca? ¿Pero éste qué dice?”, pensó Héctor mientras, violento, se dirigía hacia la salida. Empujó la puerta con torpeza. Ya estaba fuera. El individuo sonriente quedaba atrás. “Debe estar chiflado. ¡Pues no va y me dice 'hasta nunca'!”. Se sonrío para sí mismo y así quitarse la mala sensación que le habían dejado aquella sonrisa helada y aquellas palabras de despedida. “Joder que mal rollo. En fin…”. Dio unos pasos ya en el exterior. “Es que hay gente para todo… ja, ja”. Ahora ya casi le empezaba a hacer gracia.

“¡Pero qué bonito!”. De repente, al desembocar en la plaza de Mariana Pineda, el panorama que se le ofrecía le cautivó. Las cinco de la tarde de un mayo soleado. El bullicio de gente y su murmullo se le aparecieron dulces, resonaban en armonía con los reflejos del sol sobre todas las cosas. Miró a su alrededor empapándose de tarde y de gente contenta por el buen tiempo. En los bancos, parejitas y viejos con palomas; gentes de compras con bolsas de corteinglés y paseantes dicharacheros andaban por aquí y por allá; y mientras tanto, las baldosas que empedraban la plaza, relucían reflejando aquella luz cálida.

“Ja, ja, ja, hay gente que está fatal de la olla”. Contagiado de buen humor el incidente de la librería le empezaba a resultar de lo más cómico. Miró para atrás, hacia la calle de la Concepción, para observar por última vez aquella tienda que olía a rancio. Ácaros - Libros de ocasión. decía el cartel sobre la puerta de la librería. “Sí, qué colgao. Ja, ja, ja”, rió de nuevo. La alegría de la tarde se le había metido en el cuerpo sin remedio. Iría a ver a algún amigo, a tomar unas cervezas. Bajó de la plaza de Mariana Pineda hacia la acera del casino, zambulléndose en el gentío que la paseaba. “Hay que ver qué día tan chulo hace. ¡Y qué buenos están los granadinos!”. Y así, admirando el paisaje urbano, se fue tan contento.

 

 

 

 

 

 

 

2


En su camino hacia el instituto, Javi comenzó a pensar que aquella no era la ocasión más indicada para pasar, de nuevo, otras seis largas horas aburrido en un pupitre. “Y encima química a primera hora…”, se dijo. Empezó a cavilar, era una cavilación suya bastante frecuente en aquella época y que no solía durar mucho. Un poco de “Qué pocas ganas. Hoy sí que no puedo aguantar ese coñazo.” y otro poco de “Venga voy, tengo que ir, que últimamente me estoy pasando saltándome tantas clases.”, que casi siempre se zanjaban con un algo así como “No, no, hoy paso de ir. Si total, el trimestre acaba de empezar…”. Y en efecto, cogía y no iba. Aquel día no fue una excepción.

En aquellas ocasiones en que ganaban la rabona, al llegar a los Jardines del Triunfo, en vez de continuar recto y tomar la cuesta del instituto, torcía a la izquierda en dirección hacia unos jardines donde le gustaba fumarse el primer canuto del día. Pero esta vez un no-sé-qué, un extraño volunto, le hizo alterar esa acostumbrada ruta. Una vez en el Triunfo, en vez de desviarse de su camino hacia el instituto por la izquierda, lo hizo por la derecha, adentrándose en la populosa Gran Vía.

Al momento se vio rodeado por un mar de personas apresuradas. Se sintió como a contracorriente de aquellas gentes tan dispuestas a llegar a tiempo a su trabajo o quehacer de la mañana, pues él se iba alejando más y más de sus responsabilidades. Y aquello le gustaba, los primeros momentos eran siempre los mejores: el alivio que sentía por haberse librado del instituto por un día más, la despreocupación que se perfilaba tan rica en el marco del bullicio de los demás, el empezar a vagabundear zambulléndose en sus ensoñaciones… Pero de repente: —¡¡¡PLAF!!! — un aparatoso choque de cuerpos lo interrumpió todo de súbito.

Tan ensimismado había estado al llegar a aquella esquina que no supo reaccionar a tiempo. Cuando vio al hombre que subía corriendo por la bocacalle justo hacia donde él estaba, ya era tarde. El choque fue tremendo. Javi cayó para atrás aterrizando de culo en la acera; el hombre, tras un traspiés, perdió el equilibrio por completo y se fue a dar de cabeza contra el poste de un semáforo que había allí, colocado en el peor sitio.

Entonces, un par de  segundos transcurrieron lentísimos. Javi, desde el suelo, observaba a la otra parte del choque. “Joder, qué hostia se ha dado”. Más que su propio culo lo que le dolió fue el sonido de la cabeza de aquel hombre dando contra el metal del poste.

Ahora el hombre, desorientado por el golpe, se sujetaba contra el semáforo con una expresión ida en los ojos. Javi observó que, a pesar de ir corriendo por ahí como un loco, se trataba de un tipo ya maduro y que llevaba el atuendo propio de una persona muy formal. Pero eso sí, aquellas ropas estaban desbaratadas y sucias, como dando a entender que aquella carrera se había prolongado durante mucho tiempo. Y entonces, de repente, los ojos del hombre se abrieron mucho, como volviendo en sí, poniendo fin a aquel lapso de segundos congelados. Superada la contusión, el corredor se había vuelto a ubicar en el presente y al parecer eso significaba salir de nuevo exhalado. Saltando por encima del chico, que aún le miraba desde el suelo, abandonó aquella esquina, despavorido.

Javi tardó algo más en recomponerse. Luego, incorporándose, se sacudió el polvo de los vaqueros y giró la cabeza para ver perderse por otra bocacalle a su embestidor. “¿Qué le pasará a éste?”, pensó. No estaba molesto por que el hombre ni siquiera le hubiese pedido perdón. La expresión de terror que había visto en sus ojos cuando había vuelto en sí le permitía justificarlo. “Algo muy jodido le pasa, eso seguro”.

Entonces: —CHCHCHXXXXXXXXXXXXSSSSSSSSSSSSSSSS —frenó en seco, frente a Javi, un pedazo de deportivo rojo.

Acababa de aparecer por la misma bocacalle desde la cual, momentos antes, surgiera el corredor. Una ventanilla bajó. Desde dentro, un tío con pinta de chungo y con cara de no ser policía, le gritó excitado a Javi:

—¡Chico, soy policía! ¿Has visto por donde se ha ido él hombre que venía corriendo por esta calle?

Javi entonces sintió que el estómago se le anudaba, el corazón se le aceleraba. “¡Hostias que estos tíos se quieren cargar al tío ese!”, pensó mientras miraba paralizado al conductor del deportivo sin saber responder ninguna cosa.

—Lo has visto, ¿verdad chico? ¿Verdad? — el hombre hablaba ya con tono de querer matarle también a él.

—No… no lo he visto, no…  —balbuceó Javi aterrado y poco convincente.

Entonces, un segundo individuo, desde el asiento de copiloto, le gritó a su compañero:

—¡Tío, déjalo ya que se escapa! Venga tira por esa calle ¡Por esa! Que no le ha dado tiempo a… —Y arrancando violentamente, el coche salió disparado, acertando a meterse justo en la callejuela por la que el hombre había desaparecido después del choque con Javi.

Cuando el rugido del coche se ahogó definitivamente en la lejanía, a Javi el corazón aún le latía fuerte. Por un momento había temido que aquel hombre se iba a bajar del coche y le iba a hacer algo. Respiró hondo varias veces para aliviarse.

“Bueno, ¿y yo qué hago aquí parado como un gilipollas? Éstos son capaces de volver!”, pensó de repente. Entonces, dispuesto a salir de allí pitando, se agachó rápidamente para recoger su carpeta que seguía tirada en el sitio al que había ido a parar durante el choque. Pero le detuvo algo que también vio tirado en la acera. Junto al semáforo, yacía una pequeña cosa marrón, quizá una cartera. La fue a coger; ¡sí, era una cartera! La abrió apresuradamente para confirmar su sospecha. “¡Es su cartera!”. En un carné de identidad estaba la foto del corredor, y decía que se llamaba Francisco Caballero Vidal. “Y a ver…” —siguió buscando por los compartimentos— “10, 20, 30, 40. ¡¡40.000 pesetas!! Ese tío está forrado. ¿Pero qué hago? ¿La llevo a la policía y les cuento lo que ha pasado? Sí claro, tengo que hacer eso. ¿Y si me quedo con algo de dinero? No creo que se entere nadie… No, y además al hombre ese lo que menos le importa ahora son las 40.000 pesetas. ¡Y eso si no se lo cargan esos! Sí, tengo que ir a la poli, y rápido que a ese tío lo quieren matar o algo. ¡Y no les digo nada del dinero! Pero… ¿me ha visto alguien?”.

Entonces al mirar a su alrededor para ver si alguien le había podido ver cogiendo aquella cartera, fue cuando se le volvió a anudar el estómago, esta vez incluso con un nudo más fuerte que el de antes. Estaba solo, a su alrededor no había ni una sola persona. El gentío que le envolviera unos minutos atrás, había dado paso a un desierto urbano. Las personas con prisa, las marujas rumbo a su mercado, los autobuses humeantes, ¡todos faltaban! “Pero… ¿Cómo? ¿Desde cuándo?”. No lo recordaba, no se había fijado en el resto del mundo, estaba tan distraído con lo del choque…, y luego aquel deportivo. Recapituló mentalmente: él iba andando por la calle, toda la gente corriendo a trabajar, bien, estaban todavía; luego cuando se acercaba hacia aquella esquina… sí, también todo lleno de gente, se acordaba; y entonces el choque... “¡Desde el choque!”, se dijo. “¡La gente desapareció cuando nos chocamos!”. Un escalofrío le surcó y se le alojó en el estómago reafianzando su nudo. Sobrecogido, Javi empezó a dar vueltas sobre si mismo, mirando la gran avenida desertada en todas las direcciones. “¡Nadie, nadie, nadie!”. ¡Ni un solo ser humano! Y se puso a correr.

Pánico. Corrió sin parar por la avenida vacía. Las zancadas que daba cada vez mayores, alimentadas por el miedo. Pero era en vano, por más que corría el decorado no cambiaba. Nadie caminando, nadie entrando y saliendo de los portales, ningún coche circulando, los balcones de las casas sin espectadores. Todo lo que había en aquella calle eran las dos hileras de coches vacíos aparcados a ambos lados de la vía. Podía incluso escuchar el eco que producían sus pies golpeando el suelo. Cuando la carrera al fin le gastó el fuelle, redujo la marcha y, cuando ya ni podía dar un paso más, se dejó caer sobre el capó de uno de aquellos coches abandonados. Se quedó allí tirado bocarriba, jadeando. Cerró los ojos apretando mucho los párpados. “Venga ahora los voy a abrir y cuando los abra me voy a despertar de esta pesadilla”, se ordenó a sí mismo. Pero el truco no surtió efecto, al volver a abrir los ojos el escenario seguía siendo el mismo. Desolado y silencioso. Sepulcral. Si hubiera caído una aguja al suelo el ruido se habría escuchado nítidamente.

Pero… ¿qué era aquello? Varias manzanas más adelante un letrero recabó toda su atención. Decía: Policía Local. ¡Claro! No había caído. ¡La comisaría de Gran Vía! Un brote de esperanza lo reanimó. Se incorporó, aún jadeante. Era una de esas comisarías donde siempre había alguien de guardia las veinticuatro horas. Incluso cuando pasaba por allí al volver de marcha a las tantas, siempre había visto que había algún poli dentro. “¡Ahí tiene que haber alguien seguro!”, se dijo, y volvió a echar a correr, ahora en dirección a aquella comisaría. Pero casi antes de haber reanudado la carrera se paraba en seco, como avergonzándose súbitamente de su propio ingenuidad. Si todo el mundo había desaparecido de la calle en plena mañana, pensó, por muy veinticuatro horas que fuera aquella comisaría no había ninguna razón para que allí no hubiera ocurrido lo mismo. “No, no va a haber nadie, esto no tiene sentido. ¡Seré estúpido!” Se recriminó para, inmediatamente, volverse a contradecir de nuevo: “¡No! ¡Tiene que haber alguien! Si no, es que me he vuelto loco… Toda la gente no puede desaparecer de repente. ¡AHÍ TIENE QUE HABER ALGUIEN!” y salió corriendo de nuevo, desesperado porque aquella corazonada no le fallara.

Al abalanzarse contra las puertas batientes de la comisaría y atravesarlas se topó de frente con tres policías que lo miraron sorprendidos.

—¡Hostias! ¡Dios! ¡Menos mal! —gritó Javi aliviado.

—¿¡Pero niiiño a ti que te paaasa!? —le increpó bruscamente uno de los policías.

—¡No hay nadie! ¡No hay nadie! ¿Qué ha pasado? —preguntó Javi a gritos.

—A ver, a ver, tranquilidad. ¿Cuál es el problema, chico? – dijo un segundo policía un poco más empático.

—De repente… ¡Ha desaparecido todo el mundo! —explicó Javi casi sin aliento.

—Pero niiiño, ¿a ti que te ha daaao? —volvió a decir el policía brusco.

—¡Qué no hay nadie! ¡Qué en la calle no hay nadie, joder! —gritó de nuevo Javi.

—Mira chavea, a mí, no me vengas con gilipolleces —le respondió el policía, que ahora sustituía el ánimo despreciativo por un tono directamente violento. Y jalando a Javi por debajo del sobaco… —¿Tú has venido aquí a las nueve de la mañana a dar por culo al personal o qué?— …le dio la vuelta poniéndolo de cara a la salida y lo soltó allí bruscamente, como invitándole a marcharse.

—Pues no dice el niño este que la calle está vacía. ¡Ja, ja, ja! —se río el policía volviéndose hacia sus compañeros—.¡Este ha estao fumando costo de la Dolores por lo menos! —Y los tres rieron.

Luego, al momento, la sonrisa se borró del rostro del poli borde al observar que Javi no se había movido ni un centímetro del lugar donde él lo acaba de soltar. El chico no parecía tener intención de moverse, se había quedado como pasmado mirando desde allí muy fijamente hacia la calle. El poli volvió a increpar, y esta vez con un tono de gran cabreo:

—Pero chavea, vamos a ver, ¿te vas a ir de una puñetera vez o es que voy a tener que sacarte yo por las malas?

Esta vez Javi obedeció. Sin decir nada más ni volverse a mirar al policía, se dirigió hacia la salida, hacia las puertas batientes, avanzando muy lento, como ido. Llevaba la boca entreabierta, los ojos clavados en los cientos de personas que, al otro lado del cristal de aquellas puertas, habían decidido volver a poblar la ciudad súbitamente. 
 

 

 

 

 

***

 

 


 

Aquel caminar de zombi duró horas. El shock lo había sumido en una especie de sonambulismo, le había puesto un piloto automático y lo había lanzado a recorrer la ciudad sin ningún rumbo. Su mente se desentendía así temporalmente de las cuestiones motrices mientras que se enchufaba en un programa donde las imágenes de lo acontecido por la mañana se emitían en un bucle ininterrumpido. Replegada sobre si misma, indiferente a la ciudad que le rodeaba vuelta a la vida, intentaba realizar así una pesada digestión: ¿qué había ocurrido?, ¿por qué? y ¿por qué a él?

Horas más tarde, cuando sus pies le hacían pasar por cuarta vez por delante del ayuntamiento, aquellos interrogantes seguían refulgiendo en su cabeza. Sin embargo, el estado de suspensión en el que había pasado toda la jornada empezaba a ceder. Se paró y sólo al hacerlo fue cuando se dio cuenta de la paliza de andar que se había pegado. ¡Debía de llevar horas andando! Tenía los pies hechos polvo. Pero por lo menos, pensó, el corazón se le había estabilizado y el nudo se había aflojado en su estómago.

Al momento sus tripas también despertaban y se ponían a hacer ruiditos de hambre. “¡Ya son las 7!”, se sorprendió al consultar el reloj por primera vez desde que ocurriera el incidente. “Bueno, mamá se va a cabrear un güevo”. Se le había pasado por completo la hora de volver a casa para comer y no había pensado ni en llamar para avisarla. “Pero que poco me importa. Que pequeño me parece ahora eso comparado con lo que me ha pasado”, se dijo, recreándose en el dramatismo de los acontecimientos. La verdad es que seguía acojonado, pero al pasar las horas a aquel acojone se le iba sumando una nueva sensación casi placentera. El verse envuelto en algo tan inexplicable, protagonista de un gran misterio que le superaba por completo, le empezaba a producir un vértigo estimulante.

Reanimadas ya completamente, sus tripas volvieron a rugir. Tenía mucha hambre. “La Campana” pensó, y visualizó los pasteles barrocos de aquel templo del dulce. Se llevó la mano al bolsillo del vaquero para tocar la billetera que se le había caído al corredor. Se iba a dar un premio muy merecido aunque… su madre volvió por un momento a su cabeza. Pero fue una cosa fugaz. La nueva coyuntura había cambiado la perspectiva con la que contemplaba sus prioridades vitales. En aquel momento le importaba muy poco que en casa estuvieran esperándole una comida fría y una tremenda bronca, él se merecía alguna compensación.

Así que, de camino a la Campana, ignorando aquellas menudencias domésticas, su mente volvió a enzarzarse en el bucle: el corredor, el coche y luego… aquel fenómeno inexplicable. Nadie en la calle, la comisaría, después todos reaparecen. ¿Se habría dado un golpe en la cabeza al caerse? ¿Un golpe que le dejara tan confundido que alucinara durante un rato? Sí, aquello parecía lo único que podía explicar aquel fenómeno paranormal… sino fuera por lo que le dolía el culo. Estaba seguro de que al caerse no se había dado en la cabeza precisamente. “¿Y las drogas?”, pensó. “¿Me estaré pasando con los porros? No, no creo que sea eso. ¿Desde cuándo los porros le hacen a uno ver visiones? Yo creo que nunca he escuchado nada de eso…”. Y de este modo ya estaba montado de nuevo en el carrusel de los interrogantes en el que había pasado toda la mañana y toda la tarde, y no lo volvió a abandonar hasta que varias calles más tarde, se sorprendía a sí mismo entrando en un pequeño local cuyo cartel anunciaba: Casa Brian, All American Food.

“¿Casa Brian? ¡Menudo nombrecito!”, pensó mientras cruzaba el umbral. La cosa era que no conocía aquella especie de fastfood de nada, y además ni siquiera se había dado muy bien cuenta de cómo había entrado allí. En su distraído caminar había empujado la puerta de Casa Brian y se había metido dentro sin pensarlo, sonámbulo una vez más, despertando al toparse con la cara de… ¿Brian? que le miraba desde el otro lado de la barra.

—¿Qué quiereh? — preguntó el hombre. Llevaba un cartelito prendido en el pecho con su presunto nombre, Brian, escrito en él. Pero se expresaba en un perfecto granadino rajado.

Aquella pregunta le terminó de despertar. —Eh…bueno… —dudó. Y azorado se puso a recorrer con la vista el gran panel que estaba detrás de Brian donde se detallaban todos los menús en oferta. —Pues… ¿me puede poner un… un “Supermenú Banana Split”, por favor?

—¡Marshando un menú banana esplih! —replicó Brian saltando como un resorte y, volviéndose a una ventanita que debía dar a la cocina, gritó: —¡Margaret, uno de “banana esplih”!

     —Te sientah si quiereh, ahora te lo llevo a la meza shico —le dijo Brian en un granadino de pronunciación cada vez más irreprochable. Tal era su pericia lingüística, que si no fuera por la insignia en su pecho con un nítido Brian escrito sobre ella, Javi hubiera supuesto que el personaje en cuestión se debía llamar de una forma bastante más castiza. Algo más así como un “Francisco”, o un “Manuel” u otro nombre de esos. —¿Y de bebía que quiereh? ¿Una coca colah? —remató el patrón.

—Venga vale, una coca cola —contestó Javi ya desde su mesa. Sentado allí se puso a recorrer con la mirada la asombrosa decoración del local. Se trataba de una original mezcla de casticismo granadino y folclore estadounidense. Colgando de las paredes, se alternaban botijos y platos alpujarreños con gorras, bates y pelotas de béisbol. Las mesas blancas rodeadas de butacones acolchados en eskai rojo eran totalmente de cafetería de película yanqui, pero la fauna que estaba instalada en ellas de nuevo introducía el contrapunto regional, puro animal de tasca: un grupo de machos cincuentones que se intercambiaban pareceres futbolísticos con gran vehemencia estaban sentados en la mesa de al lado de Javi. En la siguiente, una señorona marujil reprendía gritando a sus dos hijos gritones para que se callaran y así poder seguir gritando ella con su otra maruja amiga que estaba sentada al lado. Y en otra más, dos viejos tocados con boina jugaban al dominó. Era allí precisamente hacia donde ahora avanzaba Brian llevando una bandeja con bebidas.

—A ver Juande, un batío “chocolate pashion” era pa ti, y pa ti Jenaro era el “estrauberri drim” —dijo el patrón al llegar, plantando profesionalmente sendas bebidas ante los ancianos—. Hala, que aproveshe.

Javi estaba flipando, incluso había dejado aparcados por unos momentos al bucle y a los interrogantes fascinado como estaba por el ecléctico y transcultural espectáculo que ofrecía Casa Brian. Entonces, repentinamente un sonido que había ignorado desde que entrara al local atrajo toda su atención. Era la tele, tenía sintonizadas las noticias locales de las 8:

—Y como les habíamos adelantado en titulares, el asesinato de Francisco Caballero Vidal conmociona hoy a nuestra ciudad y a toda España.  El cadáver del conocido empresario ha sido hallado al medio día en pleno paseo de los tristes, en el lecho del Darro. Según fuentes policiales, a juzgar por la extrema violencia de la que da muestras el cadáver, podría tratarse de un ajuste de cuentas. El empresario llevaba desaparecido desde la noche anterior cuando…

—Oye Brian que empieza el fuhbo. Cambia a Telesinco. – interrumpió de repente uno de los cincuentones. Y Brian, diligente, le dio al mando impidiendo que Javi  pudiera seguir escuchando. A continuación se acercó a su mesa y depositó en ella un flamante banana split, un cucurucho de patatas fritas y una coca cola. Pero a Javi se le acababa de quitar el apetito por completo. 
 

El tecleteo de la maquina de escribir cesó. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El tecleteo de la maquina de escribir cesó. Sus dedos se detuvieron reposando sobre las teclas durante unos instantes mientras Héctor releía las líneas que cerraban el capítulo, sopesándolas. La satisfacción se dibujó en su cara. Al fin había logrado un comienzo decente para su novela, Sangre en el camino. Anteriormente había conseguido esbozar con éxito la mayor parte del resto del libro. Tenía un final que él consideraba magnífico, con la resonancia de los buenos finales, y la estructura argumental era sólida y estaba bien ensamblada. Pero contrariamente a lo que estaba acostumbrado, en esta ocasión era el principio lo que se le había ido resistiendo. No conseguía producir unas primeras páginas con garra y enganche. Hasta aquella madrugada. “Nada como un buen crimen sangriento y cruel para empezar una nueva novela con energía”, se dijo jocoso.

Tiró de la hoja extrayéndola de la máquina de escribir y la colocó en el montoncito de papeles apilados junto al aparato. Después se echó para atrás estirándose satisfecho contra el respaldo. Para disfrutar aún mejor de aquel momento, sacó un cigarrillo del paquete de chéster y empezó a fumarlo. Las volutas de humo se pusieron a navegar por el aire de la habitación alrededor suyo. Contempló como, diseccionadas por la luz del flexo, se enrollaban y desenrollaban en espirales y caracoles blancos. Aquel cigarro sabía a gloria. ¡Ay, el tabaco! Un compañero fiel, siempre allí para ayudarle a saborear mejor los momentos especiales de la vida. Encender el cigarro creaba un paréntesis para la contemplación, incluso los problemas se podían llegar a degustar gracias a un poco de aquel humo fantástico.

Sus ojos pasaron de entretenerse en las volutas hacia su máquina de escribir. Un ejemplar de lo más estereotipado. Recia, retro, muy metálica, las teclas redondas. Había visto la misma u otras muy parecidas inmortalizadas en las manos de los escritores que salían en las películas. Por eso la usaba, era un peliculero. Contemplarla le sugería escenas. Un escritor, no, mejor, un periodista de dedos gruesos la aporreaba circunspecto, ceño fruncido. Lo hacía en mitad de la noche, en una habitación sólo iluminada por un flexo, un poco como la suya ahora, pero con la diferencia de que por la ventana en vez del Albayzín se veían rascacielos de Chicago, y en blanco y negro a ser posible. Estaba dispuesto a dar un golpe de muerte a aquella corporación seudo mafiosa que había corrompido las entrañas del gobierno de la ciudad. Al día siguiente no se hablaría de otra cosa. Aunque desvelar aquel escándalo pudiera incluso costarle la vida ya no podía echarse atrás, Mc Flanigan llevaba ya horas retrasando el cierre de la edición sólo él. El bueno de Mc Flanigan. No podía fallarle. Confiaba en él. Demasiadas personas confiaban en él.

Pero también era la máquina de escribir de Jessica Fletcher, y de cualquier otra de esa casta de escritoras con cara de loro. Esta reina de la literatura de suspense la usaba cuando redactaba vivaracha algún asesinato de ficción. Jessica tenía que aprovechar los huecos que le dejaba la resolución de los asesinatos reales que continuamente acaecían a su alrededor. Eran pocos, pero cómo le cundían aquellos huequecitos y con qué vivarachez tecleaba la tía. Esta vez lo que se divisaba tras la máquina, a través de la ventana, era el embarcadero de una pequeña comunidad idílica de Nueva Inglaterra. A diferencia del caso anterior, el sol brillaba allí. La gran dama de la novela de intriga escribía a plena luz del día como persona de orden que era. Y también porque le gustaba despertarse temprano, para poder hacer algo vivaracho antes de ponerse a escribir. Cosas como salir a por unas hortensias frescas para el recibidor, o llevarle unas galletas caseras a su viejo amigo el reverendo Wright. Y todo ello saludando muy amablemente a los otros loros que se cruzaba por el camino, aunque con secreta suspicacia, sabiendo que tras la apariencia de loro decente, se ocultaban a menudo asesinos en potencia esperando su oportunidad.

Realmente poseía una máquina muy cinematográfica.

El cigarro se había acabado.

Trabajó un rato más volviendo sobre algunos huecos que quedaban por cerrar.

Se acostó contento consigo mismo y durmió como no lo había hecho en mucho tiempo. 

     

 

 

***

 

 

 

—¡España se rompe! —gritó la radio. Cuando tenía que levantarse temprano la programaba para que le despertara con las admoniciones matutinas de su locutor favorito. Era infalible, España siempre estaba a punto de desintegrarse. Incompatible con el remoloneo en la cama, aquel tono apocalíptico le era de gran utilidad. Así que se puso en pie, se afeitó, se dio una duchita, se puso ropa recién lavada, bajo seis pisos por las escaleras en vez de usar el ascensor y a la calle. Iba a darse un pequeño premio antes de comenzar otra jornada de escritura. Era una compensación por haberse levantado temprano a pesar de no tener que atender ningún compromiso particular. Simplemente quería cambiar su horario, que se pareciera un poco más al de Jessica Fletcher. Le apetecía disfrutar de lo que ofrecen las mañanas. El aire fresco y virgen al salir al portal, el saludo tempranero al del kiosco, el desayuno en el bar.

Como primera parte de su premio decidió comprar dos periódicos en vez de uno, el local y el nacional. Y como segunda parte se dirigió hacia Birrambla planeando regalarse un sustancioso chocolate con churros. En su camino hacia la plaza iba gratamente sorprendido de lo bonito que encontraba todo. Llevaba desde ayer con aquella agradable sensación de plenitud. Hoy también, el sol brillaba haciendo que todo reluciera. Y su vida brillaba igualmente haciendo juego. Tras ser rechazado durante años, le habían publicado el libro que, sin que nadie se lo pudiera imaginar, había sido un bombazo. Tanto, que incluso había podido dejar aquel trabajo hastioso, dedicarse a escribir a tiempo completo y mudarse a la ciudad donde siempre le apeteció vivir. Cada vez que lo pensaba un algo eufórico le recorría. ¡Era escritor! Pensó en las personas que se cruzaban ahora mismo en su camino, rumbo a oficinas y obligaciones forzosas, y no pudo sentirse más que un gran privilegiado. Sin horarios, sin mes-de-vacaciones, dueño y señor de su propio tiempo, observador privilegiado de sus contemporáneos, narrador desde una cómoda buhardilla en una ciudad cómoda.

—WEEEEEEEEEEEEEEN — el sonido de un claxon hizo estallar su burbuja cuando cruzaba una calle sin mirar. Un camión enorme le había pasado rozando, tan cerca que casi le hace el segundo afeitado de la mañana. El periódico local se le escapó de las manos, arrastrado por la convección del aire que el mastodonte produjo tras de sí. Al momento las hojas volvían a bajar planeando. Héctor se puso a recoger lo más rápido que pudo todo aquel papel disperso antes de que pasaran más coches. Luego, en la seguridad de la acera, intentó restablecer el diario a su estado original. Pero antes de haberlo conseguido tuvo que detenerse. Algo le dejó petrificado, era el gran titular de portada que hasta entonces no había visto: Un empresario hallado muerto en pleno centro de la ciudad. Y debajo una foto cuyo pie decía Francisco Caballero Vidal en una foto tomada una semana antes de su muerte. “¿¡Francisco Caballero Vidal!?”. No podía ser. Inmediatamente empezó a revolver con violencia todas las hojas que tan cuidadosamente acaba de apilar hasta que dio con la que desarrollaba la noticia. Decía que el empresario había muerto la mañana anterior, que parecía tratarse de un ajuste de cuentas, que un coche deportivo de color rojo visto cerca de la hora del crimen era una de las pistas que seguía la policía… De pronto la ciudad se puso a girar en torno a él, desdibujándose en un torbellino, el periódico se le cayó de las manos, se le nubló la vista; buscó apoyo en el muro más cercano, sentía que se iba a desmayar, que se caía; se apretó más contra aquel edificio, el muro estaba frío. 


 

 

 

***

 

 

 

“Cálmate Héctor, cálmate, que si no esto va a acabar mal”, se repetía, engurruñido en su cama, sumergido en todas las sábanas y mantas posibles. Sentía que estaba justo a punto de volverse loco, de hecho debía de estar loco ya, aquello no podía ser verdad, ¿tenía que ir al psiquiatra? Había corrido a casa, se había abalanzado sobre el manuscrito de tinta casi fresca para comprobar si era verdad que había escrito lo que había escrito. En efecto, así era. No se trataba de un sueño, tampoco de alguna extraña anomalía neuronal que le estuviera produciendo un aparatoso efecto de dejà vu. En la hoja de periódico que empuñaba, ya casi desecha en sudor, y en los folios mecanografiados por él la noche anterior, se recogían dos historias aterradoramente parecidas. “Cálmate, cálmate, cááááálmate yaaaaaaaaa, CÁLMATE, cálmate, calma…!”, seguía ordenándose entre sudores.

Desde aquella posición fetal, pasaba revista a sus recuerdos de los últimos días, rebuscando. Algo debía haber que le permitiera explicar… Rastreó mentalmente los días en los que había escrito y pulido aquel asesinato con el que se habría Sangre en el camino. “¿Por qué lo escribí?”. ¿Por qué escribió aquello? Hurgó concienzudo en busca de retazos de noticias, de alguna cosa que leyera en la prensa granadina, algo que le hubiera podido inspirar sin él darse cuenta. Intentos estériles, la prueba de que en realidad aquello no había salido de su imaginación no estaba en ningún cajón de su memoria. Al final aceptó que aquel empresario no era un personaje lo bastante importante ni conocido. No lo bastante como para que en condiciones normales se le nombrara en la prensa o en la televisión. Pero si no fue así, ¿cómo pudo haber creado a aquel personaje? ¿Sólo por pura coincidencia? La foto del difunto que salía en el periódico coincidía espeluznantemente con la descripción del mismo que el había hecho en su novela. Y, lo que era peor, si aún podía llegar a aceptar que eso fuera fruto de la casualidad, lo del nombre era injustificable. Francisco Caballero Vidal, estaba claramente escrito en aquel periódico, el empresario Francisco Caballero Vidal. Eso sí que no podía deberse al azar. El nombre del muerto que salía en el periódico y el del personaje que moría en su novela eran el mismo, letra por letra. Él había inventado aquel nombre, junto a aquella cama, enfrente de aquella máquina de escribir. El recuerdo era vívido aún, porque además el nombrecito se le había atragantado: “¿Qué tal ‘Eusebio del Castillo Caballero’?. No, se lía lo del castillo con lo del caballero. A ver…, si lo invierto…: ‘Eusebio Caballero del Castillo’. Sí, quizá suena mejor, pero en cualquier caso sigue siendo demasiado castillo y demasiado caballero. Suena a broma. A ver…, si le quito uno…: ‘Eusebio Vidal Caballero’. Sí, puede que lo tenga. O no, aún mejor: ‘Francisco’. Sí, Francisco es mil veces más nombre de empresario que Eusebio. ¡Francisco Caballero Vidal! ¡Eso es!” Sí, no había ninguna duda, aquel nombre había salido de su imaginación, ningún periódico o canal de televisión se lo había regalado. Y precisamente, aquel nombre era la gota que desbordaba el vaso. Todo lo demás era extrañísimo, dos crímenes muy parecidos, en ambos muere un empresario, ambos cadáveres marcados por una violencia sañosa. Demasiadas coincidencias, pero podría darse el caso. Sin embargo, lo del nombre desbordaba el vaso, no era una gota más, era como abrir el grifo sobre un vaso ya colmado. Tal cúmulo de casualidades era imposible que fuera simplemente eso, casual.

“¡El puto viejo!”, “¡Los folios!”, recordó de repente. Aquella anécdota algo siniestra la tarde anterior. Aquel dependiente de comportamiento incongruente. Su inesperada y absurda forma de actuar lo había descolocado en un primer momento, pero luego la había borrado por completo de su mente, hasta ahora. La sonrisa inquietante con la que se había despedido el librero sobrevoló súbitamente su febril sudar bajo sábanas. Los folios. El viejo le tendía de nuevo en la mano aquel paquete de folios, sin parar de sonreír. Entonces Héctor sacó la cabeza por debajo del revoltijo de mantas y sábanas y miró hacia fuera, a donde estaban los folios desparramados por el suelo, pensando si podía ser que… Había comprado aquellos folios la tarde del día anterior, después había estado tomando un par de cañas con su amigo Ernesto. Al volver a casa, inspirado, se había puesto a escribir al fin el primer capítulo de la novela estrenando aquel paquete de folios. ¡Todas aquellas hojas tiradas en el suelo, todas las páginas de aquel primer capítulo, pertenecían al paquete que había comprado en aquella librería!

Salió de la cama de un salto y abrió el cajón del escritorio donde estaba guardado el resto del paquete con los folios sin usar. Muy quieto, se los quedó mirando un rato sin siquiera tocarlos, como el gato precavido que sopesa un riesgo. Como si esperara que aquel paquete pudiera saltar desde el fondo del cajón y atacarle. Pero no sucedió. Entonces lo sacó y lo examinó más de cerca. Era un paquete de quinientos folios absolutamente normal, a excepción quizá del envoltorio, que en vez de tener alguna enseña comercial era completamente blanco, sin ninguna marca. ¿Por qué tenían que tener aquellos papeles algo que ver con lo que había ocurrido? No parecía haber ninguna razón particular. Sin embargo, aquello era lo único a lo que podía aferrarse en aquel momento. Lo que en aquella librería le había parecido un comportamiento inexplicable ahora podía darle un sentido al absurdo aún mayor en el que se hallaba sumido. De ese modo, lleno de decisión, guardó en su mochila aquel paquete, los papeles esparcidos por el suelo y el harapo que quedaba de la hoja de periódico y salió de su buhardilla en busca del librero y de una merecida explicación. 

   

 

 

 

***

 

 

 

—¡Mierda!¡No! —gritó lanzando su mochila contra el pavimento. Los transeúntes le lanzaron una ristra de miradas desaprobadoras. Daba igual, Héctor no tenía ojos para ellos. Sustituyendo al cartel donde debía poner Librería Ácaros un nuevo letrero con letras dibujadas a mano decía que el negocio se trataba ahora de Recíclame. Ropa de Segunda Mano. ¿Cómo podía ser? ¿Acaso también había soñado aquello? Eso era imposible. No, quizá había esperanzas. Podía ocurrir simplemente que el viejo hubiera decidido cerrar un negocio que parecía ruinoso, seguro que dentro le podrían dar el teléfono del viejo o algo. Entró corriendo en el local. Ya no se percibía aquel olor tan penetrante de la primera vez y el interior estaba completamente cambiado: ropajes pseudohippies multicolores por todas partes. Si cómo él deseaba se trataba simplemente de una mudanza, ésta había sido prodigiosamente rápida. Al fondo, un chico joven, también pseudohippie, estaba sentado tras el mostrador. “Eso no lo han cambiado”, pensó reconociendo el mismo armatoste de madera con vitrinas desde el que le había atendido el viejo. “Pero es increíble, de lo demás no queda nada” pensó mientras recorría con la vista todas aquellas hileras de ropa emperchada y cestas rebosantes de trapos .

—Hola —saludó Héctor al acercarse al dependiente.

—Hola —le respondió el dependiente, pausando la partida de Super Nintendo que estaba jugando bajo el mostrador.

—Mira, quería saber si me podrías dar la dirección del dueño de la librería Ácaros. Es por un tema muy importante.

El dependiente le miró algo extrañado y le dijo:

—¿La librería Ácaros? ¡Ah sí! Esa era la tienda que había aquí antes ¿no? Sí, es verdad, me acuerdo. Pues la cosa es que yo al de antes no lo conozco… —Se llevó la mano a la barbita de chivo como sopesando algo— No sé, mira, lo único que te puedo dar es el teléfono del dueño al que yo se lo alquilo, pero el del anterior inquilino… a lo mejor va a ser un poco difícil. Pero prueba, prueba a llamar al dueño que a lo mejor él mantiene el contacto.

—Sí, dámelo, seguro que sí me puede dar su teléfono porque, vamos, si acaba de dejar el local digo yo que…

—¿Qué lo acaba de dejar? No tío, ja, ja. ¡Que nosotros llevamos aquí ya dos añitos! Pero tú prueba, que por probar…, mira te apunto el número. —Y se puso a escribir el teléfono en un papelito perdiéndose la cara descompuesta que Héctor acababa de poner.

—No puede ser que llevéis dos años, si yo… — Iba a decir que justo el día anterior había estado allí y que… Pero se detuvo. Empezaba a comprender que su realidad y la del resto del mundo se habían hecho incompatibles.

—¿Qué no puede ser? —dijo el hippie que lo había empezado a escuchar— Pues sí tío, dos años ya. Pero la verdad es que está en un sitio un poco malo, hay un montón de gente que todavía no nos conoce. ¿Sabes? Lo que pasa es que en esta zona no hay otras tiendas de ropa. Pero bueno, poco a poco se va corriendo la voz. Mira a ver si quieres, echa un vistazo. Que nos han traído unas cosas superchula. Y allí tenemos unos abrigos guapísimos. —Y señaló a la esquina donde había unas perchas llenas de plumones.

—Sí… claro. Tienen buena pinta. —logró responder Héctor, por aquello de intentar mantener un poco las apariencias de persona cuerda. Pero le costaba tragar saliva y estaba deseando echarse a llorar. “¿Qué coño pasa? ¿2 años? ¿A mí se me ha ido la olla o qué?”

Entonces lo vio. Dio un respingo. Detrás del hippie, a través de la puerta entreabierta de la “rebotica”, agazapado entre las sombras, el librero le estaba mirando. Bueno, al menos eso le pareció durante un instante en el que el corazón le dio un vuelco. Al enfocar mejor la vista se dio cuenta de que lo que parecía mirarle era en realidad un retrato, pero eso sí, un retrato del viejo librero y además muy conseguido. Tanto, que entre el barullo de trastos y la penumbra de aquella habitación anexa le había parecido que se trataba del viejo en persona.

El hippie le estaba alargando un papelito con el teléfono anotado:

—Aquí tienes. El dueño se llama Ignacio y le dices que le llamas de parte del Nino, que soy yo. —El pseudohippie se interrumpió al darse cuenta de que Héctor no le estaba escuchando. Estaba distraído mirando hacia el interior de su rebotica—. Es el cuadro, ¿verdad? Está chulo, ¿eh?

—Sí, bastante… —dijo Héctor disimulando su excitación—. ¿De dónde lo has sacado?

—Pues es precisamente una cosa que se dejó aquí el anterior inquilino, bueno eso y un montón de trastos más. El dueño nos lo dejó todo, que hiciéramos lo que quisiéramos. Y mi novia, que ella estudia bellas artes, dice que es bueno. Y la verdad es que sí. Es tan real que da hasta un poco de cague, ja, ja. Mira… —Entró a la rebotica y salió con el cuadro entre las manos— …¡Fuerte, ¿verdad?! Parece que te está mirando, ¿no? Ja, ja, ja.

En efecto, el cuadro no sólo miraba a Héctor sino que además le sonreía, exactamente con la misma sonrisa hielasangres con la que el viejo le había despedido el día anterior.

—Y lo más fuerte: mira lo que pone por detrás. Flipas. —Giró el cuadro mostrándole a Héctor lo que parecía una especie de dedicatoria escrita en el envés del lienzo: Disfruta del poder Héctor. Pero sé prudente, si no, ocurrirá lo peor.

—Qué ida de olla, ¿verdad? Ja, ja. —al dependiente le parecía muy divertido; a Héctor se le habían erizado todos los pelos del cuerpo.

—¿Me pregunto quién será el tal Héctor? ¿Será éste que sale en el cuadro? —dijo el hippie como para seguir un poco con la conversación. Pero a Héctor un nudo en la garganta le impedía seguir hablando.“Disfruta del poder, el poder, poder”, resonaba su cabeza.

—Ya, pues bueno —continuó el dependiente algo incómodo por aquel tío que se había quedado mudo de repente—, pues lo dicho, llámale si eso. A ver si te puede ayudar.

Marco aún sin responder nada se dirigió hacia la puerta. Se volvió por un momento como para intentar despedirse del dependiente. Un “adiós” que intentó articular no salió de su boca. El dependiente le miraba contrariado. El cuadro también le seguía mirando. Qué angustia. Se dio media vuelta y salió por la puerta.

—Bueno… ¡pues DE NADA, eh! —se despidió sarcástico el pseudohippie, como protestando por la conducta de aquel tío preguntón que súbitamente se piraba sin decir ni adiós ni gracias. Pero antes de que hubiera terminado aquella frase, Héctor ya estaba en la calle, corriendo. 

   

 

 

 

***

 

 

 

—¿Entonces no dejó ningún teléfono, alguna forma de contactar con él? —Héctor hablaba desde una cabina con el dueño del local.

—No, ya te digo que no te puedo ayudar. Me dijo que se iba de la ciudad, pero ni siquiera me dijo a dónde se mudaba. Ese señor siempre fue muy discreto. No sé nada, lo siento. Pero perdone, ¿qué es lo que ocurre? ¿Es usted un familiar suyo o algo? —preguntó el dueño.

—No, sólo un amigo, pero hace años que no nos veíamos… —mintió Héctor

—Bueno, en ese caso, seguramente usted lo tendrá más fácil para encontrarlo que yo. Lo siento. —zanjó el dueño.

—Sí, bueno… gracias.

—De nada, suerte con la búsqueda.

Nada más colgar se dio cuenta de que ni siquiera le había preguntado el nombre del viejo y, cuando ya estaba marcando el número de nuevo, se detuvo. Si le acaba de decir al dueño que él era amigo del viejo, ahora no podía llamar y preguntarle que cómo se llamaba. Tenía que idear alguna estrategia. Colgó el auricular y apoyó la frente contra el cristal de la cabina pensando en qué podía hacer para sacarle aquel nombre al propietario. ¿Y luego? Una vez con el nombre completo, ¿qué haría? ¿Buscar en las guías telefónicas de toda España ciudad por ciudad? ¿Y si se había mudado al extranjero? El dueño le acababa de decir que podía tratarse de cualquier lugar. ¿Y contratar a una agencia de detectives?... Pero a medida que iba contemplando la baraja de posibilidades, se iba instalando en él la certeza de que al final esos intentos no le iban a llevar a nada. Algo le decía que lo que estaba detrás de aquellos fantásticos acontecimientos, fuese lo que fuese, no quería que él y el viejo se volvieran a encontrar. ¿Por qué si no eliminar la librería Ácaros de la faz de la tierra? Y aquel cuadro, con un mensaje destinado a él, parecía tratarse de una especie de despedida, algo que había sido organizado por alguien.

Así que decidió abandonar la cabina sin hacer más llamadas. A casa de nuevo. Una vez allí volvió a fabricarse una guarida enterrada en la cama. Debía digerir todo aquello. No sabía cómo pero tenía que evitar dejarse arrastrar por el pánico y la locura. Empezó una noche insomne y sudorosa. Minutos-hora. ¿Nunca iba a acabar aquella noche? Afortunadamente, al final, tras el paso de un tiempo muy espeso, sí, terminó. Las primeras luces del día siguiente la rompieron, y fue entonces, rendido, que Héctor se durmió al fin. 

     

 

 

 

***

 

 

 

Fue un sueño profundo que lo llevó hasta el comienzo de la tarde. Cuando por fin despertó, algo había escampado en su interior. Lo que había ocurrido el día anterior seguía igual de presente, pero ahora se sentía más tranquilo. La sensación de desquicie había dado paso a una especie de maravillamiento ante lo que estaba sucediéndole. ¿Lo podía haber soñado todo? Salió de la cama y fue a donde estaba su mochila tirada, allí estaban los folios, el periódico arrugado. No era ningún sueño. Y ahora además casi se alegró de que no lo fuera. El miedo se estaba disipando en efecto. ¿Por qué tener miedo? Algo fantástico le había ocurrido. Si era verdad lo que había escrito en la parte de atrás de aquel cuadro...

Abrió la doblepuerta del balcón liberando al cuarto del aire transpirado. La ciudad seguía su rumbo allí abajo, igual de bonita que la había dejado ayer. Levantó un poco la vista, el monte del Albayzín se erguía sereno allá enfrente. De repente, la angustia que le había asolado durante aquella larga noche le pareció muy lejana. Aquella luz de mayo parecía iluminar la dimensión positiva de lo que estaba ocurriendo. Algo fabuloso, mágico, había entrado en su vida. Acaba de descubrir que, entretejidas en los resquicios de la previsible cotidianidad, había fuerzas sobrenaturales que pasaban desapercibidas para la mayoría. Seis pisos más abajo, aquellas personas de la calle nada podían sospechar, igual que él, tan sólo un día antes, tampoco podría ni haberlo soñarlo. Pero ahora, sin saber por qué, algo, o alguien, había decidido hacerle partícipe a él de un nuevo mundo. Y no sólo eso, si estaba en lo cierto, además le había sido otorgado una especie de poder. Aquella tarde, terriblemente excitado, con un subidón causado por la novedad y el misterio, fue descubriendo en que consistía aquello más exactamente.

A través de una serie de experimentos comprobó en qué consistía concretamente aquel “poder”. Resultaba que lo que el escribía pasaba a formar parte del mundo real. Eso sí, la capacidad de materializar sus palabras no era infalible, ni tampoco instantánea, como constató desde el primer ensayo. Al escribir: Una poderosa tormenta se apoderó de la ciudad. sólo obtuvo una llovizna. Además, ésta, sin poder competir con aquel día soleado, se extinguió muy pronto dejando tras de sí un arco iris que hizo que la tarde fuera todavía mas agradable.

Otras veces, sin embargo, los efectos fueron incluso mayores que lo que el redactaba, aunque no necesariamente acordes en todos los puntos. De repente, un limón apareció encima de la máquina de escribir de Héctor. no hizo que ningún cítrico se materializara sobre el aparato como en un truco de prestidigitador. En cambio, la siguiente vez que fue a la cocina a por algo del frigorífico, encontró que en la puerta del electrodoméstico, había aparecido un limón en cada uno de los compartimentos de la huevera.

De este modo fue constatando que el poder realmente funcionaba, pero que lo hacía de una forma algo aleatoria y que además hacía gala de una cierta discreción. Al parecer, aquellos folios evitaban la magia de baratillo y los trucos fáciles o escandalosos. En efecto, comprobó que lo que más les desagradaba era la ostentación paranormal. Héctor se puso a volar por la habitación. y Héctor se hizo invisible. no produjeron efecto alguno tras ser mecanografiados. Ni siquiera una pálida réplica como en el caso de la tormenta o una versión alterada como en el caso de los limones. La misma falta de respuesta que cuando tecleó La rana Gustavo llamó al timbre de su buhardilla. y Por la ventana pasó un burro volando. Pronto Héctor tuvo que aceptar que los folios no estaban dispuestos a llevar a cabo cualquier orden y dejó de probar con cosas demasiado “llamativas”.

Otro aspecto remarcable era que, como él ya había supuesto, el poder sólo funcionaba cuando escribía en los folios que le compró al viejo. Daba igual con qué escribiera: la máquina de escribir, un bolígrafo, lápiz, rotulador… Daba igual cómo lo hiciera, si era con buena o mala letra. No parecía existir ningún requisito o ritual particular. Pero tenía que ser en alguna de las hojas de aquel paquete. Ningún otro papel produjo resultados. Aquel poder estaba vinculado a lo que Héctor escribía, pero sólo cuando lo escribía en aquellos folios. “Tendré que escribir muy pequeñito para no gastarlos”, se dijo pragmático.

Aún le quedaban por probar los personajes. Y pronto constató que no siempre iban a salir tan parecidos como había sido el caso con Francisco Caballero Vidal. El primer experimento lo realizó cuando ya había caído la noche. Empezaba a tener ganas de cenar y se le ocurrió algo. Empezaría a probar la creación de personajes encargando una pizza a través de los folios. Era una manera divertida y discreta de empezar. Escribió: El atractivo repartidor llegó al apartamento trayendo una pizza Cuatro Estaciones, una pizza Barbacoa y una lata de Fanta de naranja. y funcionó. Poco rato después un repartidor llamaba al timbre y traía exactamente lo que el había encargado, las dos pizzas y la cerveza. Pero la descripción del personaje no había funcionado. Las cualidades físicas del pizzero eran de lo más insatisfactorias. Decidió probar de nuevo. Esta vez el repartidor convocado debía ser literalmente: un pizzero de belleza sobrecogedora, facciones repartidas por el rostro con total equilibrio y armonía. Perfección que encontraba su reflejo ideal en un cuerpo dotado de las proporciones de una estatua griega. Además el repartidor era gay. En esta ocasión, cuando un rato después volvían a llamar a la puerta, el ejemplar que se encontró al abrirla le dejó más que satisfecho. El chaval era una auténtica preciosidad. Pero de nuevo había algo en que los folios no habían obedecido: el pizzero no tenía la más mínima disposición a practicar sexo con otro hombre. Cuando los avances de Héctor comenzaron, faltó poco para que el otro le pegara un puñetazo. —…y como vuelvas a llamar te vas a enterar MARICÓN! —dijo al marcharse regalando un portazo. Al salir del edificio el repartidor de pizza comprobó con horror que le habían robado la moto., se apresuró a escribir Héctor sediento de venganza.

A pesar de todo, el tema de los pizzeros le había puesto cachondo. Ya tenía tres pizzas en la casa y, además, cada vez las tenía que pagar con dinero de verdad. Pero le daba igual. Se puso a invocar a un nuevo pizzero intentando ver si esta vez conseguía domar a los folios. Unos intentos más tarde y varias pizzas arrambladas en la cocina después, lo consiguió. La cosa era sintonizar con el carácter de los folios. No bastaba con escribir el pizzero era guapísimo o le volvía loco el sexo con  hombres, además había que hacerlo de una forma que le cayera en gracia al “poder”. Y la mejor manera de lograrlo, descubrió, era trabajar la prosa. En efecto, los folios se le revelaban cada vez más como dotados de su propia personalidad y de su particular gusto literario. Cuanto más cuidaba la redacción y más tiempo dedicaba a yuxtaponer las palabras adecuadas, más conseguía influir en las subsiguientes acciones de los folios. Era fascinante, no sólo era un poder discreto y poco ostentoso, con un pudor que le prevenía de realizar alardes mágicos gratuitos. Además poseía una verdadera sensibilidad literaria. Descubrió así que si había algo a lo que los folios no se podían resistir, era a una cuidada, extensa y prolija descripción. Cuando se les imprimía una de éstas, los folios estaban dispuestos a hacer casi cualquier cosa. Y de este modo, una vez que hubo descubierto aquella debilidad de los papeles, Héctor estuvo tirándose a los maromos más espectaculares y maricones que ninguna cadena de pizzerías hubiera conocido hasta la fecha. Así toda la noche. Bueno, al menos hasta las cuatro de la mañana. Al parecer, más tarde de aquella hora, ni los folios eran capaces de mantener abiertas las pizzerías de la zona.

Entonces Héctor durmió plácidamente hasta bien pasado el mediodía siguiente, dejando atrás dulcemente todas las emociones de aquella jornada trepidante, escribió. Y es que lo habían dejado agotado. 

 

 

 


 

***

 

 


 

Más experimentos con los folios y más sexo se sucedieron durante unos días de euforia. Después, gradualmente, la exaltación ante la novedad empezó a amainar. El frenesí de probar el juguete nuevo había disuelto la inquietud del primer día, que de pronto resurgía. Ciertas dudas empezaron a atosigarle. Comenzó a sentirse muy sólo ante algo que era demasiado grande e inexplicable. Además, estaban los aspectos éticos de usar aquel poder. Los había venido ignorando durante todos aquellos días de alquimia. Sin embargo, ahora brotaron súbitamente en su conciencia. ¿Era correcto alterar la realidad a su antojo usando aquellos papeles? ¿Y hacer aparecer de la nada personas simplemente porque a él le apetecía?

De hecho, se preguntaba si aquellos personajes que él invocaba mediante los folios existían con anterioridad a su intervención o eran una pura creación suya. Ahora que conocía mejor el funcionamiento de aquel poder sabía que éste tenía por norma realizar lo que él iba redactando modificando lo menos posible la realidad previamente existente. Por ello, tenía la sensación de que, cuando él describía a un nuevo personaje, los folios utilizaban a alguna persona ya existente que se ajustase bien a lo encargado en lugar de sacarla de la nada. Pero, en otros casos, Héctor no tenía casi ninguna duda de que los folios habían tenido que dar vida a sus personajes a partir de cero. Se preguntó, por ejemplo, por aquellos repartidores de comida a domicilio, fontaneros, electricistas y vendedores de enciclopedias a los que había estado convocando en los últimos días. ¿Existían sólo porque el los había invocado? Por una parte, todos ellos parecían personas completamente reales. Cuando habían mantenido alguna conversación había podido comprobar que eran personas enteramente normales y autónomas. Con sus amigos, sus problemas domésticos y laborales; con un pasado y un historial granadino perfectamente coherentes. Pero por otra parte, era estadísticamente imposible que en una sola ciudad pudiera haber aquella cantidad de perfectos modelos de Calvin Klein trabajando en el sector de cosas-a-domicilio. La conclusión a la que llegó fue que en efecto era él quién les había dado vida. Pero que además los folios, al ejecutar sus dictados, hacían un trabajo mucho mayor que el de materializar lo relatado en sus breves escritos. Al traer nuevos seres humanos al mundo real, creaban para cada uno de ellos un pasado y una biografía completa y la encajaban magistralmente en lo que la realidad, Granada en aquel caso, ya contenía. En definitiva, al usar aquellos folios no sólo alteraba el presente sino también el pasado.

Llegar a aquellas conclusiones lo llenó de preocupación. Las alteraciones que estaba ejerciendo a través de aquellos folios debían estar siendo descomunales. ¿Tenía derecho a seguir haciéndolo? Durante los días siguientes prácticamente no volvió a escribir nada más. Primero necesitaba meditar sobre las consecuencias de lo que hacía. ¿Sería eso a lo que se referían aquella críptica advertencia en el retrato del viejo: Sé prudente, si no, ocurrirá lo peor.? Pero lo idea más desagradable que le visitó aquellos días fue otra. Tenía que ver con lo que le había ocurrido a su primer personaje. Si, como todo parecía indicar, sus creaciones pasaban a tener un estatus integral de ser humano a partir del momento en el que él las traía al mundo. Entonces, al cargarse al empresario al comienzo de Sangre en el camino había matado a un ser humano real. El asesinato de Francisco Caballero Vidal probablemente era un crimen tan real como cualquier otro asesinato y él había sido el causante. Incluso aunque él lo hubiera echo involuntariamente, aquello no mejoraba las cosas, como mucho lo dejaba en homicidio involuntario. Aquella idea le parecía insoportable, pero no podía evitar que cada vez tomara más cuerpo.

Inmerso en aquellas cuitas, la soledad le golpeó duramente. Guardar aquel secreto para sí mismo se empezó a convertir en una carga muy pesada. Pero ¿qué opción tenía? Cuando intentó compartir aquel secreto con otras personas, los folios optaron por no funcionar. A aquellas alturas, tras una infructuosa exhibición de sus poderes que había intentado ofrecerle, su amigo Ernesto debía pensar que se había vuelto completamente majara. Y cualquier otra persona de su familia o amigos iba a pensar lo mismo si intentaba explicarles. No lograba encontrar ninguna forma de poderles hacer comprender aquello sin la colaboración de los folios. ¡Pero necesitaba hablar con alguien joder! Se sentía tan desamparado ante aquella fuerza misteriosa que le había elegido a él para darle un prodigioso don y cero explicaciones. Si no podía obtener respuestas, al menos necesitaba contar con alguien con quien compartir aquella desorientación…

… una persona con quien compartir la desorientación. ¡Claro! Aquella persona existía. Estaba por allí en alguna parte, probablemente no muy lejos. Y llevaba ignorándola todo aquel tiempo. No había vuelto a pensar en ella. Aquella persona era Javi, el protagonista de su novela. Aquel adolescente debía estar pululando por allí, por Granada, y debía estar tan desconcertado o más que él mismo. Si todo había ocurrido como él había escrito en el primer capítulo de su libro, aquel muchacho se habría visto envuelto en el asesinato de Caballero Vidal. Estaría también lleno de preguntas e, al igual que él, debía sentirse terriblemente sólo. Tenía que encontrarlo. Sintió la fuerte corazonada de que él era la única persona con la que podría compartir todo aquello.

No debía ser muy difícil. Abrió el cajón, sacó un nuevo folio del paquete en su interior y tomando aire empezó a escribir muy concentrado: 3 de Abril, 1997. De nuevo un  aletargado domingo. Son las seis de la tarde cuando el sol lleva ya horas bajando de su cénit y pronto va ir a acostarse detrás de Sierra Nevada. La plaza Menorca está quieta. Perturbada muy de vez en cuando por un transeúnte ocasional. En uno de sus bancos, recostado perezosamente, Javi se fuma un cigarrillo. Su postura lánguida y desganada sobre el asiento parece emular la que tendría el personaje impreso en su camiseta. En ella, contra el fondo negro de la tela, está la cara de ojos melancólicos de Kurt Cobain. Así, con toda la ociosidad que permiten las tardes domingo, Javi va agotando su cigarrillo, sin sospechar que en pocos momentos se producirá un encuentro que puede cambiar su vida para siempre.

“Bueno, espero que esto sea suficiente”, se dijo Héctor sacando el folio de la máquina de escribir. Abrió esta vez el segundo cajón y puso el folio en un montoncito junto con las otras hojas a medio escribir. —Hala, a portarse bien —les dijo antes de cerrar el cajón. Y salió de casa rumbo a la plaza Menorca. Si se “portaban bien” faltaban cuarenta minutos. Tiempo de sobra para llegar. 

 

 

 


 

***

 

 

 


 

5:48. Efectivamente, Héctor llegó antes de la hora. La plaza Menorca estaba vacía y prácticamente no pasaba nadie por las calles circundantes. Contempló los bancos desocupados pero prefirió sentarse a esperar en el poyete de un portal cercano. Desde allí tenía vista sobre toda la plaza sin necesidad de perturbar el escenario con su presencia. Toda precaución era poca. Se moría de ganas de conocer a Javi.

6:10. Como sospechaba los folios no estaban siendo puntuales. No importaba. Ahora que los conocía bien, estaba acostumbrado a que la exactitud no fuera su fuerte.

6:35. Ahora ya si empezaba a impacientarse un poco. “¿No les habrá gustado como redacté el párrafo?”. Sin embargo, se había esmerado en describir la escena como pensaba que les gustaba a los folios. O a lo mejor había algún problema con aquello de invocar a un personaje sobre el que ya había escrito antes, pensó. La verdad es que era la primera vez que intentaba algo así…

6:45. “¡Ahí está!”, se alborozó. Un muchacho surgía por una de las calles que daban a la plaza. Llevaba una chaqueta vaquera abotonada hasta el cuello lo cual le impedía ver si debajo estaba la camiseta de Kurt Cobain descrita, pero iba directamente hacia uno de los bancos del centro de la plaza. “Y ahora se está sentando. Sí, es él, seguro”.

Su puesto de vigilancia y el banco donde estaba el chico no se encontraban lejos. A pesar de ello, el muchacho no parecía haber recaído en que en la solitaria plaza había otra persona. Héctor se quedó mirándolo. Pensando en ir a hablarle en cuanto se encendiera el cigarrillo descrito, la señal que faltaba. El muchacho se recostó sobre el respaldo del banco. Su gesto era serio, la mirada estaba perdida en el infinito. “¿Estará aún preocupado por el asesinato?”, pensó Héctor. El muchacho seguía sin encenderse ningún cigarro. “La verdad es que es mono el chico”. Aunque no se parecía mucho al personaje que él había ideado para su novela. “Claro, debe ser porque en el primer capítulo no había ninguna descripción suya y el primer capítulo fue el único que escribí en los folios del viejo”. El muchacho que tenía en frente, sin dejar de tener cierto atractivo, poseía una belleza más realista e imperfecta que el que Héctor imaginara en su día. Una imperfección adolescente, con la tormenta hormonal floreciendo como acné en sus mejillas y los rasgos aún en proceso de definición, como emergiendo más duros y angulosos en mitad de la cara blanda de un niño. Sin embargo, a pesar de aquellos defectos, había algo cautivador en el conjunto.

“Pero sigue sin ponerse a fumar”, se impacientó Héctor finalmente.

Decidió no esperar más. Se levantó de su poyete y se acercó a donde estaba el muchacho. Éste, por primera vez, salió de su ensimismamiento al escuchar:

—Oye, perdona, ¿tienes fuego? —le preguntaba Héctor al llegar junto a él, sacándose un paquete de Chéster del bolsillo.

—Sí, si tengo. Oye, ¿y tú me podrías dar un cigarrillo por casualidad? —le contestó el chico.

—Sí, claro toma.

—¡Uff! Gracias tío. ¿Sabes? De repente me ha dado un mono de tabaco... Y no me quedaba ni uno. Muchas gracias.

—De nada hombre. Ten, aquí tienes. — dijo Héctor comprendiendo lo que había pasado.

Se intercambiaron fuego y cigarros.

Oye —volvió a hablar Héctor—, me suena mucho tu cara, no te llamarás Javi por casualidad, ¿no?

Sí, tío. Ja, ja, soy Javi ¿De qué nos conocemos? Ahora mismo no caigo…

Era el dato que le faltaba, ya no había duda alguna. En ese momento la expresión de Héctor cambió completamente, sustituyéndose el gesto amable y sonriente con el que se aborda a los que son desconocidos por un gesto mucho más serio. Se sentó en el banco sin pedir permiso, e invadiendo así bruscamente el espacio del chico, le dijo:

—Mira Javi, por favor no te asustes, pero necesito contarte algo muy importante. Al principio te va a parecer una locura, pero tienes que darme un poco de tiempo para que te lo pueda explicar todo.

Javi ya empezaba a poner cara de “me voy que este tío está loco” —Oye tío, perdona pero es que acabo de darme cuenta de voy a llegar tarde a…

Pero Héctor le cortó de súbito: —Javi, ESCUCHA, sé que fuiste el último que vio vivo a Francisco Caballero Vidal, sé que tienes su cartera, y estoy seguro de que también tienes muchas dudas que a lo mejor yo puedo resolver…

—Tío, me tengo que ir. De verdad. Perdona —le dijo Javi asustado y se levantó dispuesto a salir volando.

Pero rápidamente Héctor se lo impidió jalándole del brazo y volvió a la carga:

—Javi, POR FAVOR, no te vayas y escúchame. Sé que estarás pensando que soy uno de los que se cargaron al empresario. Pero piensa de nuevo, por favor. ¿Tú te crees que si te quisiera hacer daño iba a ponerme a intentar convencerte aquí en medio a pleno día? SÓLO quiero hablar contigo.

—Vale, vale, pero, ¿me sueltas el brazo? ¡Joder! —le contestó Javi zafándose de él. Y una vez libre, retrocedió unos pasos, estableciendo una distancia de seguridad entre aquel individuo y él. Sin embargo, ya no estaba tan seguro de si debía salir corriendo. Lo que decía sonaba razonable. Si aquel tío fuera un mafioso se lo habría cargado ya, o por lo menos estaría apuntándole con un arma o algo.

Se miraron por unos instantes en silencio. Entonces Javi dijo:

—No sé tío. Me están pasando muchas cosas raras últimamente. Pareces buena gente, pero… Creo que ahora me tengo que ir de verdad. ¿No tienes un teléfono o algo, para llamarte en otro momento?

—Por favor, te lo pido de nuevo, no te vayas. Entiendo lo que dices de las cosas raras. Y me temo que yo soy el único que te puede explicar que es lo que está pasando. Mira, para que no te creas que soy un colgado, te daré una prueba de que sé lo que está pasando. Por ejemplo, ¿no tendrá una de esas cosas raras que dices algo que ver con la ropa que llevas puesta hoy? ¿No has notado por casualidad algo extraño hoy cuando te estabas vistiendo?

Una expresión de sorpresa brotó en la cara de Javi. —Pero ¡joder! ¿Cómo sabes eso? —dijo exaltado, y a continuación se desabotonó la cazadora precipitadamente mostrándole una camiseta con un gran Kurt Cobain impreso en ella—. Odio Nirvana, y… No sé. Bueno de pequeño me gustaba, pero hacia siglos que no me había puesto esta camiseta. Y de repente yo no sé que me ha pasado, y me ha dado el punto raro de ponérmela otra vez, como si fuera superguay o algo así. Y luego en la calle, me he dado cuenta y he dicho, pero que coño hago yo con la cutre camiseta esta y me ha dado hasta vergüenza de llevarla te lo juro —de repente Javi paró de hablar bruscamente dándose cuenta de que de golpe se había puesto a contarle su vida a aquel desconocido. Lo evaluó por un momento en silencio y al momento, apartando sus suspicacias, siguió hablando—: Pero tío. Tío, ¿cómo sabes eso? Joder, ¿sabes? Toda esta historia es una puta locura. Es que me han pasado tantas cosas extrañas desde aquel golpe y ya no sabía a dónde ir, ni con quién podía hablar… Y ahora tú, apareces y me dices… Tienes que explicármelo por favor. —Y ahora era Javi el que estaba agarrando a Héctor del brazo, implorante, ávido de respuestas.

Durante las horas siguientes Héctor intentó explicárselo todo. La incredulidad inicial de Javi frente a aquella delirante historia fue cediendo ante tantas piezas que encajaban con los acontecimientos de los últimos días.

… —¡Hostias! Ahora lo entiendo. Por eso me metí aquella mañana por la calle Gran Vía en vez de irme a fumar porros al jardín como siempre. ¿Pero por qué se vació la calle de gente? ¿Es que escribiste en los folios que la Gran Vía estuviera vacía a las nueve de la mañana? —Ya, reconozco que fue un fallo de documentación bastante grande —¿Bastante grande? ¡Joooder, si casi me matas del susto! —Ya, supongo. Lo siento. Simplemente quería que la calle estuviera vacía en aquel pasaje y no me preocupé porque a esas horas de la mañana se supone que la Gran Vía debe estar llena de gente…

… —¿Y qué me dices del restaurante de comida yanqui? Parecía sacado de Alicia en el país de las maravillas. —Eso no lo hice yo sólo, fueron los folios, ¿sabes? Tiene gracia, pero es como si tuvieran personalidad y su propio mal genio. —¿Personalidad? ¿Los folios? —Sí, su propia personalidad. Y una de las cosas que más odian son las descripciones chapuceras. Seguramente no les pareció bien que pusiera un café de comida americana en pleno centro del casco histórico, al lado de todas las tascas. —Ya, la verdad es que no pegaba ni con cola. —Sí, reconozco que era una chapuza. Pero bueno, a mí me gustaba. Me encantan esas cafeterías americanas de las pelis de Tarantino y  quería una en mi libro. —Ya tío, pero es que la verdad en eso le tengo que dar la razón a tus folios mágicos. En pleno barrio del Carmen, en medio de todos los baretos castizos, ¡hala!, “All American food”. Normal que los folios se amotinaran, ja, ja, ja…

… —Pero entonces, ¿yo también soy una creación tuya?¿No existo en realidad? —No, tranquilo Javi, mira tío, no te preocupes. Para empezar, lo primero que tienes que considerar es que aunque hubieras aparecido en este planeta a raíz de lo que yo escribí, una vez que estás aquí, eres ya tan real como yo o como cualquier otra persona, ni más ni menos. —¿En serio? ¡Qué bien! Me acaban de inventar, pero no tengo que preocuparme porque ahora ya soy real ¡Qué gran consuelo! —No, espera. Escucha. Es que además, resulta que estoy seguro de que tú ya existías antes de que yo escribiera la novela. Creo que los folios se limitaron a escoger al granadino que más se adaptaba a la historia y lo plantaron, te plantaron, en el lugar de los hechos. —¿Ah sí? ¿Sabes? Me encantaría creerte pero ¿por qué estás tan seguro? —Pues mira, por muchos pequeños detalles de lo que ha ocurrido y de lo que tú me has contado. Por ejemplo, el hecho de que tú ya tuvieras rutinas previas que no se adaptaran a mi historia aquella mañana. Tú mismo acabas de decir que nunca cogías ese camino cuando te saltabas clases. —Sí, la verdad es que aquello fue muy extraño. —¿Lo ves? Si los folios te hubieran creado a partir de cero, no habría habido ninguna razón para que no te hubieran creado también con la costumbre de irte por la Gran Vía. Pero no, fue el poder de los folios el que alteró tu vida cotidiana y eso demuestra que tú ya existías antes de que todo esto empezara. —Ya, la verdad es que me pasó lo mismo después, aquel mismo día. Pensaba ir a una pastelería que conozco y de repente una reacción involuntaria me impulsó a entrar en Casa Brian. Casi ni me di cuenta de cómo sucedió. —Claro. Además, como ya te he dicho, los folios son muy discretos, intentan aprovechar todo lo que ya existe al máximo para no tener que alterar la realidad más de lo necesario creando nuevas personas. —¿Discretos? Pues menuda discreción la de vaciar la Gran Vía a las nueve de la mañana en plena hora punta… —Sí, ja, ja. La verdad es que eso no es una forma de actuar muy propia de ellos. Pero ya te digo, es como si estuvieran vivos y tuvieran su propia personalidad., en ocasiones un poco impredecible. Por lo que los voy conociendo, a veces pueden aparcar su discreción y hacer cosas más exageradas y llamativas. Todo depende de cuánto aprecien la calidad literaria de lo que haya escrito. Por hacer una comparación, es como si tuvieran su propio código de conducta. Unos principios sobre lo que está bien y lo que está mal en su acción mágica. Pero a la vez esos principios entran en contradicción con su pasión literaria. Porque si hay algo que les puede hacer saltarse sus “valores morales”, ese algo es un texto bien escrito. Ja, ja, qué ida de olla ¿verdad? —Ida de olla se queda muy corto. Esto es de manicomio de alta seguridad, ¡ja, ja, ja!...

Y así durante aquella larga conversación, en algunas ocasiones, los dos incluso lograban reírse.

Pero al poco, de nuevo, el vértigo ante lo desconocido se hacía presa del adolescente. En aquellos momentos, Javi, parecía derrumbarse:

—Dios, Héctor, es que todo esto que me cuentas me da mucho miedo. ¿Por qué está pasando esto? ¿Por qué a nosotros? —Miraba a Héctor con los ojos algo empañados.

—Tranquilo Javi. Venga cálmate, al menos ahora ya no estás solo. Estamos juntos para enfrentarnos a esto.

—Pero es que tengo tanto miedo. ¡Ni siquiera sé si existo de verdad! —Finalmente las lágrimas empezaron a brotar sin trabas.

—Venga tranquilo, no llores. Ya te he dicho que no te tienes que preocupar por eso. Estoy seguro de que existes, venga no llores. O sí, llora, desahógate, pero no te preocupes por eso ¿vale? —y diciendo esto Héctor rodeó a Javi con sus brazos, notando que sus sentidos se erizaban al entrar en contacto con el cuerpo del adolescente. Javi, por su parte, creyó que se fundía entre los brazos de Héctor. Aquel tío, tres horas antes, era un desconocido total; ahora, de repente, no quería que aquel abrazo que le envolvía se aflojara nunca. El torbellino emocional de los últimos días había echo mella, el contacto con aquel otro cuerpo se sentía como un refugio cálido.

—¿Ya estás mejor? Ves, está muy bien llorar un poco. Ya se pasa —dijo Héctor y le acarició la mejilla secándole una lágrima.

—No… si… Es que ha sido demasiado fuerte para mí esto que me has contado. Es tan emocionante, pero a la vez tan incomprensible, que me hace sentir frágil. Como si fuera una especie de marioneta… —se apretó más contra el cuerpo de Héctor y levantó la cabeza que tenía apoyada sobre su pecho para mirarle a los ojos—…Gracias por abrazarme.

—De nada Javi…—le contestó. Los ojos de Javi brillaban recién lavados por las lágrimas—. …La verdad es que… Me encanta abrazarte— le confesó Héctor. Y al pronunciar aquellas palabras sinceras sintió que se había zambullido en aquel par de ojos.

—Héctor… Dame un beso por favor.

Algo eléctrico atravesó el pecho de Héctor al escuchar aquella petición. Era el aviso de una detonación que estalló cuando, al bajar su cabeza, sus labios se juntaron con los del adolescente.

Más tarde, cuando, alguna vez, aquel beso terminó:

—Héctor, llévame a tu casa por favor. Necesito dormir contigo. 

 

 

 

 

 

 

 

 

4


Fue la primera de muchas noches en la buhardilla de Héctor. Cada vez más noches. Aquellos extraordinarios sucesos los habían convertido en dos seres que en cualquier otra compañía se sentían completamente a solas. Estar juntos era el único bálsamo que aplacaba sus inquietudes. A Héctor le atormentaba más y más saberse causante de la muerte de Francisco Caballero Vidal. A Javi le angustiaba la posibilidad de no ser una persona real sino una creación de los folios. A medida que el tiempo iba pasando, aquellos mismos fantasmas que les fueron uniendo,  les hicieron alejarse simultáneamente del resto del mundo.

Héctor empezó a vivir perseguido por el temor de volver a saber algo más de aquellos delincuentes a los que había dado vida. Por eso ya no leía la prensa ni ponía la tele. Le repugnaba la idea de que aquellos tíos pudieran seguir por ahí matando y torturando gente por su culpa, de esa forma evitaba toparse con una noticia que le confirmara sus temores. También le turbaba la posibilidad de encontrarse algún día con un familiar del empresario. La probabilidad de llegar a conocer a uno de ellos en aquella ciudad de trescientos mil habitantes era ciertamente mínima pero, inflamada por su obsesión, se convirtió en un motivo que le llevo a tolerar cada vez peor la vida en aquella Granada que un día tanto había disfrutado.

En cuanto a Javi, lo que le impedía seguir viviendo en paz allí era el miedo a encontrar la prueba definitiva. Estaba obsesionado con que tarde o temprano aparecería algo que confirmara sus temores. Por eso, para alejar aquella posibilidad, se refugió cada vez más en su relación con Héctor y en aquella buhardilla. La cosa era estar el mayor tiempo posible fuera de casa, lejos de su familia, sus colegas, el instituto. Tenía una especie de certeza, una intuición. Sabía que en cualquier momento iba a toparse con algo extraño, algo que no encajara bien, la señal de que en realidad su vida entera era una invención. Una invención genial eso sí, hipercoherente, con una verosimilitud logradísima, pero una creación literaria al fin y al cabo y por lo tanto imperfecta. Una laguna delatora o quizá un par de datos biográficos contradictorios le acechaban en alguna parte, lo presentía. Por eso eligió no saber, vendarse el mismo los ojos. Vivir en esa ignorancia voluntaria era preferible. No tendría fuerzas para afrontar la confirmación definitiva de lo que a su pesar ya casi sabía con certeza.

Héctor que era testigo de la fobia que Javi estaba desarrollando por todo lo que asociaba con su miedo a encontrarse con aquella “prueba definitiva” temía ser el siguiente en la lista. Javi había cortado radicalmente con su pandilla de toda la vida, había dejado el equipo de baloncesto en el que jugaba desde crío, iba por casa lo justo para que sus padres supieran que estaba vivo, ¿sería él el siguiente? Si Javi iba deshaciéndose de su pasado por entregas ¿no llegaría un día su turno? Al fin y al cabo el motivo de aquel alejamiento era huir de todo lo que le recordara que él podía ser un personaje de ficción y ¿qué había que no pudiera recordárselo más que su propio presunto creador, él, Héctor? Sin embargo, afortunadamente para Héctor estaba ocurriendo lo contrario. En lo que respectaba a él, Javi era cada vez más incondicional. Desde aquella primera tarde, y luego aquella primera noche, el amor – sí amor con todas las letras – que Javi sentía por Héctor sólo era comparable con el que recíprocamente le profesaba Héctor.

El amor. Cuando Javi volvía a la buhardilla después de una de las habituales broncas cataclísmicas con sus padres, que se negaban a que su hijo desapareciera un día más de casa para irse a dormir no se sabe dónde; cuando cerraba la puerta del apartamento tras de sí; entonces, la resonancia de aquellas palabras tan duras e hirientes, de los gritos y los ¿por qué nos haces esto? se ahogaba súbitamente. Se quedaba fuera rebotando contra la puerta sin poder pasar. Tras aquel umbral era ya sólo él y Héctor, Héctor y él, él y Héctor, Héctor, Héctor… ese torbellino era todo lo que hacía falta. Y, en aquellos momentos, la tristeza que sentía por que quería a sus padres y sin embargo no los quería tener cerca nunca más, se encogía y se quedaba pequeñita en un rincón y, cuando Héctor levantaba la vista del libro que estuviera leyendo y le veía llegar y le decía “Javi, ¡ya estás aquí!” con los ojos con centellas, a él también le salían centellas de los ojos y, lo que antes se había hecho pequeñito, desaparecía ahora completamente. Y sabía que era un egoísta y que, mientras que los que le querían sufrían porque no podían comprender qué les estaba robando a su hijo, él ya no podía más que sentir una excitación que le explotaba en el pecho y le intranquilizaba el estómago, porque Héctor estaba allí con él y porque Héctor también estaba enamorado de él; y la verdad es que eso era lo único que importaba.

Y Héctor, simétricamente loco por Javi, se sorprendía. Aquel chaval era un sueño echo realidad. Sin ser uno de esos muñequitos perfectos que salen en los anuncios, algo había en su físico que le pulsaba todas las teclas correctas del deseo. Su sonrisa nunca le podía cansar y, cuando un día estaba triste, se lo podría haber comido de tanta ternura como le inspiraba. Les separaban diez años de edad y sin embargo no se aburría de estar a su lado ni de escucharle hablar. Se embriagaba en aquella voz de Javi, igual que con sus ojos, igual que con sus bromas, navegaba en sus bromas: cuando de repente Javi le ponía cara de tonto después de decirle algo para burlarse de él, entonces se perdía en aquella mueca del chico que le parecía encantadora y, cuando al momento la mueca se tornaba en risa, entonces ya sólo quería besarlo para siempre. ¿Cómo podía amar tanto a aquel chico? Era como el jodido amor de las películas.

Sin embargo, mientras que para Javi el amor de las películas era el amor mismo, tal y como se suponía que tenía que ser, para Héctor algo había allí que no encajaba. Era la primera vez que Javi se enamoraba y por tanto acogió aquella experiencia sin suspicacias, el amor era aquello, qué afortunado era de poder probarlo al fin. Héctor en cambio, había experimentado ya el enamoramiento muchas veces y tras años de forcejeo con la realidad se había rendido ante una de las grandes verdades que reparten junto al billete de entrada al mundo de los adultos. Había aceptado que el amor que se sueña desde la primera película no está luego en ninguna parte. Por puro empirismo, ensayo y error, había llegado a saber lo que todos los que han cruzado la barrera de los veintitantos saben: que, tras unas semanas en las que unas drogas naturales hacen de las suyas en nuestras neuronas, los fuegos artificiales, los anhelos insoportables, los sinvivires, los imanes de los cuerpos, los torbellinos en las frentes y las descargas en los labios se marchan y que, entonces, empiezan a llegar hornadas de pálidas versiones de los mismos que se suceden, cada vez más marchitas, hasta que ya sólo queda un ser humano desnudo, desvestido de nuestras fantasías, que puede convertirse entonces en un buen compañero de vida y, en el mejor de los casos, de cama, pero que ha perdido de repente todo parecido con Romeo o Julieta.

Pero aquel torrente de sentimientos, aquello que le tenía los sentidos crispados en un dolor dulce, contrariamente a lo esperable, no se secaba nunca. Pasaban los meses y seguía tan caudaloso como los primeros días si no más. Y finalmente, Héctor se dio cuenta de que sólo había una cosa que podía explicar aquel amor de intensidad cinematográfica. Pero aunque la explicación se le apareció clara e inapelable, era también dolorosa. Había un tercero en discordia en aquel amor colosal: los folios.

Casi desde el principio había tenido algunas dudas, aunque por supuesto nunca se las había confesado a Javi. Pensaba que, después de todo, quizá fuera cierto que el muchacho no hubiera existido antes de la intervención de los folios. Sabía que aquello entraba dentro de lo probable, aunque él se había esforzado en demostrarle a Javi justo lo contrario para evitar que sufriera. Pero con el paso del tiempo, con la constatación de que sus sentimientos por Javi conservaban intacta aquella magnitud grandiosa, para Héctor lo simplemente probable se convirtió en prácticamente seguro. ¿Cómo podía un ser humano real estar tan perfectamente moldeado para encajar en sus deseos, anhelos y fantasías con tal precisión? Desde su primera conversación en el banco de la plaza Menorca, le había razonado a Javi argumentos que probaban que él era un muchacho real. Los folios no lo habían creado, en aquel primer capítulo no había ninguna descripción de su personaje. Héctor le había explicado a Javi que, en tales casos, los folios cogían lo que ya tenían a disposición en el mundo real para no tener que alterarlo más de la cuenta. Sin embargo, lo que Héctor siempre omitió en aquellas argumentaciones fue que, aunque no hubiera descripciones explícitas de Javi, él sí que tenía cuando escribía aquello una idea, aunque fuera algo borrosa, de cómo era aquel personaje. Era una idea nebulosa de un chico de diecisiete años que compendiaba en esencia una mezcla de todas esas cualidades que a Héctor le cautivaban. Y Héctor estaba comprendiendo ahora que aquella idealización difusa había logrado filtrarse entre líneas y que, de alguna manera, los folios habían captado la pulsión de aquel ser borroso y la habían plasmado creando a aquel chico confeccionado a la medida de los sueños de Héctor.

El día en que Héctor se rindió ante la abrumadora evidencia, se sintió profundamente estafado. Por unos momentos despreció todos aquellos sentimientos que hasta entonces había creído tan elevados. Ahora sabía que no eran reales, que eran un espejismo creado por los folios. ¡Qué fraude! ¡Qué burla del destino! Se dijo que todo aquello que había fluido por su organismo desde que conoció a Javi, una vez sabida la verdad, se disponía a morir; y que si no moría él mismo se lo pensaba autoextirpar. Acogería con escepticismo todos aquellos sentimientos desde aquel momento. Y aquel escepticismo los mataría. Sí, eso pensó. Y se sintió fatal. Vaciado, hueco, absurdo.

Sin embargo, aquella tarde cuando, después del instituto, Javi volvía a entrar por la puerta de la buhardilla, los sentimientos bulleron de nuevo en el corazón de Héctor, sin hacer caso a todo aquello que había dictado el cerebro. Sin remedio, irrefrenables, sin atender a lógica o razón algunas, como si fuera ayer, los ojos y la sonrisa de Javi valían tanto como siempre. Y en aquel momento se dio cuenta de que le daba absolutamente igual el porqué de lo que sentía por aquel chico; supo que quería abandonarse a aquellos sentimientos por el resto de su vida, fuese cual fuera la causa de los mismos. De repente, el conocer el artificioso origen que tenían aquellas emociones ya no le importaba absolutamente nada. Era algo así como cuando leemos por primera vez en un dominical que cierta emoción sublime está en realidad causada por la prosaica acción de determinada endorfina u hormona, y nos sentimos defraudados y pensamos que el conocimiento del frío mecanismo nos va a dejar exentos del efecto. Pero luego no es así, y la siguiente vez que vemos un culo bonito, que un perro nos acecha o que un bebé nos sonríe no podemos evitar sentir de nuevo lo que siempre habíamos sentido. 

 


 

 

***

 

 

 

—Ya les he avisado y ya no voy a cambiar de decisión —dijo Héctor.

—¿Ah sí? Pues entonces yo me voy contigo. —respondió Javi.

—Pero ¿tú estás loco o qué?

—¿Qué pasa? ¿No quieres que me vaya contigo? Es eso, ¿no?

—Mira Javi, no te pongas tonto. Sabes de sobra que me encantaría que te vinieras conmigo. Pero lo que pasa es que no quiero que me metan en la cárcel porque entonces si que ya no me vas a ver ni un pelo en mucho tiempo.

—Hala, en la cárcel… ¡Qué exagerao!

—Pues sí, Javi. En la cárcel. Que tú todavía eres menor de edad y la paciencia de tus padres tiene un límite.

—Mis padres ya me han dado por caso perdido…—dijo Javi con un punto de amargura— Ya no les importa, en serio.

—Tus padres te habrán dado por perdido pero, si además de todo, vas y desapareces en Navidades ya sería la gota que colma el vaso; y no sabemos lo que podrían llegar a hacer.

—¡Joder, qué mierda! —protestó Javi, y en la lengua de su pareja eso ya era como una aceptación tácita de que Héctor tenía razón.

—Venga hombre que sólo va a ser una semana.

—¡Una semana son siete días separados!

—Oh, ¡siete días separados! ¿Podremos soportarlo? —dijo Héctor burlón, llevándose teatralmente la mano derecha al pecho y mirando hacia el infinito.

—¡Ah, y encima te ríes! —respondió Javi frunciendo mucho el ceño, pero dejando escapar un apunte de sonrisa por la comisura de los labios.

—Claro que me río, porque eres un tonto. Eres mi pequeño tonto, y te voy a echar mucho de menos estos siete días.

—¡Ahá!, vale, ¿con que esas tenemos? —dijo Javi ya sonriendo abiertamente y, tras empujar a Héctor sobre el sofá, saltó encima suyo gritando—: ¡pues ahora te vas a enterar de lo que pasa por llamarme tonto!

Pocos días después era el día de Nochebuena. Héctor había llegado a la madrileña casa de sus tíos donde lo que le quedaba de familia se reunía para realizar el trámite navideño. Había hecho el viaje con muy pocas ganas, pero no quedaba más remedio, tenían que cumplir. Bueno más que él, era Javi el que tenía que cumplir con su familia. Héctor había pensado que las cosas estaban llegando al límite, que era necesario darles una tregua a los padres de Javi para liberar algo de presión. Y la mejor manera de garantizar aquella tregua era poner tierra de por medio. Si por él fuera, hubiera preferido darles cualquier excusa a sus tíos y evitarse aquella semana tediosa, pero sabía que si se quedaba en Granada le resultaría casi imposible evitar que Javi se pasara la mayor parte de las Navidades con él. Así que allí estaba.

Eran todavía las ocho de la tarde, en la cocina una parte de la familia se afanaba preparando la cena, el resto, mientras, medio dormitaba en el tresillo de la salita, los pocos temas de conversación ya agotados, la bendita tele ronroneando rellenándoles la eterna tarde de Nochevieja. Héctor, sumergido en su plaza de sofá, miraba hacia el televisor pero estaba totalmente ausente. Llevada por el sopor al que le inducía aquella sofocante calefacción central, su mente se había puesto a viajar por su tema favorito, recreándose una y otra vez en la última sonrisa que Javi le había regalado la tarde anterior en la estación. Mientras tanto, pasaban por la tele uno de esos programas-recuerdo que hacen un repaso de todo el año. De cuando en cuando, un comentario de alguno de los familiares menos amodorrados, que decidía compartir un parecer sobre alguno de aquellos “grandes eventos informativos del año”, le sacaba de su ensueño. Pero enseguida, se ausentaba de nuevo. ¿Qué tal estaría Javi? ¿Se estaría peleándose ya con sus padres como de costumbre? Su pobre Javi… Así divagó hasta que, en cierto momento, empezaron a pasar unas imágenes que meses atrás, al principio de todo, no había visto:

—…Francisco Caballero Vidal… —dijo la tele esfumando bruscamente sus ensoñaciones y atrayendo toda su atención hacia la pantalla. —…la ciudad de Granada se volcó en la despedida de un hombre cuyo asesinato conmocionó a toda España por su brutalidad… —Las imágenes habían sido grabadas durante el funeral del empresario, meses atrás. El montaje cambió de súbito a un primer plano de la cara de una mujer que de repente gritaba—: ¡¿Por qué?! —Era la viuda del empresario. Decía aquel “por qué” mirando implorante a la cámara, como si ésta fuera en realidad capaz de responderle a la pregunta. Se le veía en la mirada el fondo ese de locura que tienen los que de repente se ven confrontados a una tragedia demasiado grande. La voz en off seguía—: …¿Las causas? Aunque la policía todavía no ha encontrado a quienes torturaron y acabaron con la vida del empresario, el móvil que se anticipa es el del ajuste de cuentas ya que este tipo de … —Ahora la cámara se alejaba y se veía a la viuda de cuerpo entero. Estaba flanqueada por los que debían ser sus hijos que parecían llorar mientras ocultaban sus rostros contra el cuerpo de su madre. Al momento, la señora también perdía definitivamente la compostura rompía a llorar desatadamente, con la boca abierta de par en par pero sólo un leve chirrido saliendo por ella. A Héctor se le revolvieron las tripas. El rostro de sufrimiento de aquellas tres personas era tan real. En aquel momento, la muerte del empresario dejó definitivamente de ser una novela. Ese dolor era ya de carne y hueso, esa gente no lloraba tinta ni estaba hecha de papel. Súbitamente la descripción de las torturas a las que había sometido al empresario en aquel primer capítulo suyo le atravesó en un violento flash back. Aquellos párrafos de dolor y mutilación. Una arcada le convulsionó el esófago, se levantó y aturulladamente sorteó piernas de familiares que salían de su letargo sorprendidos por tantas prisas. Al llegar al váter vomitó.

Así acabó para Héctor su relación con los folios. Si ya antes el lado oscuro de los mismos había comenzado a aflorar, aquello la terminó de sentenciar. Caballero Vidal se le apareció muchas noches, magullado, cortado, en el paroxismo del dolor causado por las torturas que él mismo eligiera caprichosamente aquella noche en la que estrenó el paquete de folios. Héctor tuvo que trabajar muy duro para poder perdonarse a sí mismo. Al final, acepto que, de acuerdo, aquel horror podía no ser culpa suya, al fin y al cabo él no sabía las consecuencias que tendría lo que el estaba escribiendo. Pero ahora sí, ahora lo sabía perfectamente, y lo que pasara a partir de aquel momento al usar los folios sería su entera responsabilidad. No podía permitirse seguir jugando a alterar la vida de la gente como si él fuera Dios.

En un principio pensó incluso en intentar solucionar los males que había provocado usando los folios. Detener a aquellos mafiosos, ayudar a la familia del muerto o hacer alguna otra buena obra que le ayudara a expiar sus culpas. Pero luego desechó la idea, consideró que el efecto dominó que desencadenaba cualquier evento escrito en aquellos papeles se le podía escapar de las manos. Ya no quería saber nada de aquel paquete de folios. El enfrentarse al dolor real que aquellos experimentos podían generar le hizo mirar a su antiguo juguete con ojos bien distintos.

Ese rechazo que Héctor desarrolló por los folios también tuvo su equivalente en los sentimientos de Javi. Al principio, cuando Héctor le había mostrado aquel prodigio, fue un descubrimiento que le entusiasmó. Durante un tiempo habían continuado juntos los experimentos que Héctor empezara en solitario. Se habían maravillado y divertido jugando con el poder. Sin embargo, aquello no había durado mucho, Héctor enseguida había empezado a tener reparos, cada vez quería que aquellos papeles se usasen con más prudencia y moderación y poco después sus propios recelos también aparecieron, haciéndose incluso mayores que los de Héctor. Ocurrió cuando le habían vuelto las dudas sobre su propia existencia. Javi había leído y releído el primer capítulo de Sangre en el camino. Inicialmente incluso había encontrado divertido el hecho de haber protagonizado una ficción en la vida real. Era en aquellos primeros tiempos en los que no estaba inquieto porque había aceptado las teorías con las que Héctor le intentaba demostrar que él existía antes de que los folios entraran en juego. Pero el tiempo había reavivado sus sospechas iniciales. Al final, ya no podía evitar que el escepticismo ante las explicaciones de Héctor le visitara un día sí y otro día también. Los pasajes de aquel capítulo que se centraban en describir a su personaje eran pocos y breves, cierto; pero dijera lo que dijera su querido Héctor, eran también demasiado concretos. Las reacciones del personaje ante el crimen, sus pensamientos sobre como saltarse las clases, eran tan específicos, eran tan él. A cada relectura se reconocía más en el adolescente allí plasmado. Y simultáneamente su aversión por aquellos papeles se iba haciendo mayor.

Así, perseguidos por aquellos fantasmas, ambos naufragaron en una tormenta de remordimientos y de paranoia. Uno necesitaba alejarse del escenario en el que había cometido su “crimen”. El otro de todo aquel falso pasado fabricado por los folios que esperaba una oportunidad para revelar su verdadera naturaleza. De esta forma, los dos acabaron aborreciendo aquella ciudad y su vida allí. El único refugio eran ellos, el antídoto de estar juntos. El resto de la realidad cuando no les resultaba directamente agresiva al recordarles sus miserias, se les aparecía vana y carente de sentido. Ya no podían creer en el mundo, ni llevar una vida junto a los que creían en él. Se habían convertido en los dos únicos espectadores que contemplan una gran función, una representación donde todos los demás son actores que ignoran que están en un escenario. 

     


 

 

 

 

5


Al fin, pasado el verano, un día fue veinticuatro de octubre y Javi cumplió los dieciocho. La última ligadura que lo retenía junto a su familia y su pasado estaba rota. Ya lo tenían decidido antes de que llegara la fecha, así que, cuando fue el momento, actuaron sin zozobra: abandonaron la ciudad, para siempre. La única emoción remarcable que sintieron entonces fue la sorpresa ante la propia frialdad con la que encaraban aquel adiós. Estaban cortando los pocos lazos que aún los unían con su vida pasada, pero sólo lograban sentir un gran alivio.

También llegaba ahora el punto y final de su relación con los folios. Lo último que le pedirían a aquellos papeles sería lo estrictamente necesario para poder empezar una nueva vida lejos de allí. Describieron una casita en un sitio prácticamente aislado de las Alpujarras más profundas: una pequeña meseta que era como una tregua que daba el paisaje escarpado de aquellos parajes, pues todo lo demás eran pendientes muy acusadas. Allí crearon su cortijillo, pequeño pero muy acogedor, era suficiente. Nadie vivía en varios kilómetros a la redonda y el camino para llegar a su casa era de lo más accidentado, impracticable en un coche normal y aun tortuoso en un todoterreno.

También escribieron a unos perros y a unas cuantas cabras y gallinas. Esto último fue un empeño de Héctor. Desde que se conocieron, nunca se había vuelto a crear a una persona ni a otro ser vivo usando aquellos folios. Pero, esta vez, Héctor insistió en escribir a aquellos animales, a los seres que iban a tener por toda compañía durante el resto de sus vidas. “Al fin y al cabo, una vez que los escribamos, serán tan reales como cualquier otro perro o gallina que pudiéramos comprar en una tienda”, había dicho Héctor. Tras una inicial oposición, Javi había cedido, pues pronto comprendió lo que Héctor le quería decirle realmente con aquel empeño. Le estaba expresando así algo que nunca le podría admitir con palabras y comprendió entonces que Héctor también venía sospechando que él, Javi, había sido en realidad una creación de los folios y entendió que ésta era su manera de decirle que le daba igual, que aunque así fuera, eso no alteraba en nada sus sentimientos hacia él. “Serán tan reales como cualquier otro”.

Terminaron la casa redactando unos árboles frutales y un huerto fértil, un robusto cuatro-por-cuatro para moverse por la zona, unas cuadras para alojar a la familia de cabras y un gallinero para los pollos.

Ya estaba todo listo y, en aquel cortijo alpujarreño descrito con cariño, empezaron a pasar los años; recoger almendras, plantar las remolachas, hay que limpiar el establo, la cabra vieja se ha muerto, ya han salido los pollitos nuevos…; sin más visitas que la de algún turista más andarín de lo habitual que alguna vez se topaba con aquella casita en una planicie inesperada.

En el salón de la casa, encima de una alacena, guardaban varias cajas con trastos de los que se usan poco. Dentro de una de ellas dormían los folios, como en un sepulcro, desterrados por completo de sus vidas.

Un día de cada mes, bajaban en el todoterreno a Pampaneira, el pueblo que quedaba más cerca. Compraban comida y algún repuesto que faltaba y se acordaban de que otras personas seguían allí fuera, de que el mundo seguía girando. Pero no les importaba. Ya no le pedían a la vida que les trajera nada nuevo. El uno y el otro cerraban un círculo que lo completaba todo.

Unísonos, silenciosos, veían pasar el tiempo sin consultar relojes. Muchos días no hablaban prácticamente, pero había llegado un punto en el que parecía que ya no hacía falta. El simple tránsito del tiempo, consumiéndose, sabía dulce junto al otro.

Un amanecer, mucho tiempo después, cuándo ya habían perdido definitivamente la cuenta de cuantos años habían habitado la casa, en la chimenea, un ascua chisporroteó soltando un pedacito que saltó más lejos de lo normal y alcanzó a llegar hasta el sofá. Un rato después el sofá empezaba a arder. Héctor y Javi, ovillados en la cama del primer piso, aún dormían profundamente. Antes de que les despertara el olor del sofá quemándose, lo hicieron los ladridos de los perros que avisaban de que algo malo estaba pasando. Al despertar vieron el humo que empezaba a llegar a su habitación. Se abalanzaron escaleras abajo. ¡El salón ardía! El sofá había contagiado al sillón y a la mesa camilla y estos a su vez a una cortina. —Ya no lo podemos apagar Javi. Venga vamos fuera, rápido. —Sí, vamos, pero ¿están todos los perros? —Sí, venga deprisa —Corre.

En un momento estaban fuera, corrieron a abrir los establos y, con la ayuda de los perros, sacaron a las cabras adormiladas de allí y de seguido a las gallinas, lejos del fuego que se acercaba rápido.

Estaban todos a salvo. Amos y perros contemplaban la casita que ya ardía entera sin remedio. Los animales liberados se esparcieron enseguida por los alrededores, las cabras balando llenas de desconcierto.

Héctor y Javi se abrazaron sin apartar la vista del hipnótico fuego que se comía su hogar. A sus pies los perros se arremolinaban excitados. De vez en cuando alguno les mordía el bajo de los pijamas como pidiendo una explicación. No comprendían nada de lo que le estaba ocurriendo a su casa, pero pronto se fueron calmando al ver que sus amos parecían tranquilos.

Habían salido a tiempo, estaban felices de seguir con vida. Estrechándose el uno en los brazos del otro, la casa era lo de menos. Ya harían otra, o escribirían otra. ¿Escribirían otra? “¡¿Escribir otra?!”, pensó Héctor. “¡Los folios! ¡La alacena!¡El fuego…!” Entonces Héctor giró su cabeza para mirar a su amado, Javi leyó pánico en aquella mirada. Pero antes de poder formular nada con palabras, notó que algo en él empezaba a perder consistencia, y ya él también comprendió. Sólo tuvieron tiempo de apretarse en un abrazo muy fuerte. Y sus rostros uno contra el otro. Y Javi balbuceó “adiós Héctor”, y Héctor ni siquiera podía hablar. Y entonces Javi era ya una nube como de vapor de agua que se deshacía entre los brazos de Héctor. Igual que los perros y las cabras, y la casa; hasta el fuego y el humo. Todos se hicieron vapor y el vapor se fue con la ventisca de la sierra.

 

 

 

 

 

 

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Última modificación: 06/10/2008 18:52.

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